El bolígrafo

El bolígrafo

Septiembre 20, 2014 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

El tema más complejo de la propuesta reforma de equilibrio de poderes, en su aspecto electoral, es la abolición del voto preferente, por el cual una persona puede votar por su partido y por un candidato de la lista única de ese partido. El resultado de la votación lleva al reordenamiento de la lista por orden de votos obtenidos, nuevo orden al cual se le aplica la cifra repartidora para determinar el número de curules del partido. Ese mecanismo fue establecido por la Reforma Política de 2003, que buscaba acabar con las microempresas electorales, pues había más de 70 partidos y movimientos representativos en el Congreso. Cualquier lista que lograra el cuociente electoral obtenía una curul. Casi todas entraban por residuo, es decir no se necesitaban ni muchos votos ni mucho dinero para llegar al Congreso, aunque la influencia de los grandes partidos políticos casi desparecía en ese esquema. Con la Reforma de 2003, que estableció además el umbral electoral, se obligó a que las listas estuvieran avaladas por organizaciones políticas grandes. En ese contexto de reorganización de los partidos el voto preferente evitó que resucitara el famoso bolígrafo, que era como se confeccionaban las listas en tiempos bipartidistas. Los dirigentes nacionales, jefes naturales de sus partidos, determinaban sin mayores consultas el orden de la lista, lo que podía permitir que un joven político prometedor llegara al Congreso sin votos propios, pero también los validos del dirigente, sin que quien se deslomaba consiguiendo los votos llegara nunca. El poder residía en el jefe máximo y en su círculo íntimo.Así que el voto preferente nació como un mecanismo de democratización interna de los partidos: el reconocimiento, a través de los electores, de los liderazgos partidistas. Era un sistema basado en el hecho de que la disciplina interna de los partidos no existía y no había nadie con la autoridad necesaria para sacar el bolígrafo y ser acatado por todos. (Aunque en sus tiempos de gloria el uso del bolígrafo hubiera ocasionado más de un cisma partidista). La pregunta que hay que hacerse hoy es si esa disciplina existe, o para decirlo de otra manera, si es posible que los partidos políticos puedan establecer un mecanismo de selección interna de sus listas que sea acatado por todos. Y si es así, cuál debería ser ese mecanismo. ¿Una consulta popular de electores carnetizados? ¿Una encuesta? ¿Una convención representativa? Como todo indica que esa disciplina no existe y esos mecanismos han tenido enormes dificultades de aplicación en el pasado, las ventajas prácticas del voto preferente, que tiene sus complicaciones, empiezan a aparecer apenas se analiza su abolición. De pronto, la calentura no está en las sábanas y los defectos del voto preferente, su excesivo costo, el clientelismo y la corrupción que genera, están más relacionados con la circunscripción nacional para las listas de Senado, que con cualquier otra cosa. Eso es lo que encarece la política y pone a competir a todos con todos. La realidad es que mientras no haya partidos políticos organizados y disciplinados, que no los hay, no se ve cómo descartar el voto preferente. El tío Baltasar, que ve la reforma electoral con escepticismo, dice que la razón por la cual todo el mundo está hoy de acuerdo con la propuesta de abolir el voto preferente, es porque ésta no tiene mayores posibilidades de ser aprobada.

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