El acuerdo

El acuerdo

Septiembre 10, 2016 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

El minucioso y extenso acuerdo de paz de La Habana, se puede dividir en dos partes. La primera extremadamente detallada se refiere a las condiciones del desmonte de la maquinaria de guerra por parte de la insurgencia y abarca tres temas: la concentración en zonas veredales transitorias de los alzados en armas, los plazos y procedimientos para la entrega de las armas, y la aplicación de la justicia transicional a los actores del conflicto, según sus responsabilidades. Son lo que podríamos llamar las condiciones del armisticio, según la definición comúnmente aceptada de esa figura que es la suspensión de la guerra, la cual sólo se consideraría terminada cuando se resuelvan los conflictos que la desencadenaron.La segunda parte, tremendamente compleja, es la resolución de esos conflictos que es lo que permite la consolidación estable y duradera de la paz, y que son también tres: la reforma rural integral, que es un conjunto de políticas para llevar bienestar al campo y cerrar la brecha que existe entre éste y la ciudad; la apertura política que permitirá que la ideología que alentaba la rebelión contra el Estado pueda plantearse en el campo político y electoral; y el retiro de las fuentes ilegales de financiación como el narcotráfico, la minería ilegal y la extorsión.O sea, se desmonta un aparato militar, que es una manera elegante de decir que se acepta una derrota, lo cual es un asunto con tiempos y plazos cortos, a cambio de la creación de un nuevo entorno rural y político que es un proyecto de largo plazo. Casi que podría decirse que es el intercambio de una realidad por una expectativa, lo cual no hace sino destacar la habilidad de los negociadores oficiales, el realismo de las Farc y el tamaño del compromiso que acepta el aparato estatal para obtener unos logros que permitan que no se reproduzca de nuevo el conflicto social y político.Esa es la sustancia de lo que debe entender el ciudadano común y corriente para decir si apoya o no ese acuerdo. Porque en el detalle de sus casi trescientas páginas hay tantos pormenores, propuestas, mecanismos, estímulos, sanciones, proyectos e ilusiones que es muy difícil comprenderlas en conjunto, estar de acuerdo con todas ellas o tener la paciencia de discutirlas como lo hicieron los negociadores durante seis años. Esos ciudadanos que hacen un balance general entre lo que se cede y lo que se promete le pueden apostar a lo que tiene de positivo el acuerdo que es la esperanza de vivir en una sociedad mejor.Pero no hay posibilidad de que apoye ese acuerdo alguien que por principio no acepta la existencia de una justicia transicional, la cual podría definirse como el nivel de impunidad aceptable por una sociedad para solucionar un conflicto; que considere un imposible democrático tolerar alguna modificación de los derechos electorales porque los harían más elásticos y vulnerables; o considere que existe en Colombia una amenaza terrorista aniquilable por las fuerzas del orden y no un conflicto social solucionable por medios políticos. Y está en su derecho de votar no.El Tío Baltasar, un viejo con las ilusiones intactas, dice que la decisión del plebiscito es escoger entre lo posible y lo real, entre las posibilidades del futuro y la inercia de lo seguro, entre construir murallas o puentes, perjuicios o aceptaciones, dogmas o debates. Y él se queda con lo segundo.

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