Divorcio a la inglesa

Divorcio a la inglesa

Abril 05, 2019 - 11:40 p.m. Por: Óscar López Pulecio

La salida del Reino Unido de Inglaterra e Irlanda del Norte, UK, de la Unión Europea, EU, ha resultado más complicada y eventualmente más catastrófica que el divorcio de Enrique VIII de Catalina de Aragón, que terminó con la separación de la Iglesia Anglicana de Roma y un par de guerras civiles.

Ya casi nadie entiende lo que está pasando. Han sido dos años y medio de negociaciones, desde el 23 de junio de 2016 cuando en un referéndum lo británicos votaron en un 51,8% a favor de la salida. Al Primer Ministro de entonces David Cameron, ese resultado que sólo quería una minoría de su Partido Conservador, le costó el puesto. Se despidió con una frase memorable: “Una vez yo fui el futuro”.

Le sucedió una señora con corazón de hombre, como María Félix, doña Teresa May, de quien hay que admirar su persistencia. Su mandato apoyado por la mayoría parlamentaria, que luego perdió, era negociar la salida y en ello se ha empeñado más allá de toda lógica política. Tres veces, como Pedro con Jesús, le han negado su proyecto de salida. Lo único claro del debate interminable es que los británicos han cambiado de opinión.

Para no entrar en detalles técnicos, tan engorrosos como la propia abrumadora legislación de la EU, cuyo rechazo ocasionó el referéndum, es preferible analizar el impacto político: el UK es una nación de naciones. Desde el Siglo XVI, en tiempos de Enrique IV, Gales es parte de Inglaterra. Desde tiempos de Jacobo I, Inglaterra y Escocia fueron dos países y una sola corona. Siglo y medio después en 1707, en tiempos de la reina Ana, las dos naciones se unieron y formaron el Reino Unido.

Desde el siglo XII, en tiempos de Enrique II hasta 1922, cuando surgió la República de Irlanda, Irlanda fue parte de Inglaterra, que mantiene hasta hoy su dominio sobre Irlanda del norte.

En el referéndum sobre la salida, Inglaterra votó por el Sí, con votos de las pequeñas ciudades; Escocia, Irlanda del Norte y las grandes ciudades votaron por el No. O sea, la salida haría saltar en pedazos la unidad nacional. Si el UK sale de la EU, la isla de Irlanda hoy sin fronteras, tendría que establecer una, rompiendo el famoso acuerdo del Viernes Santo firmado en 1998, que selló la paz entre católicos y protestantes; si no hay frontera sería inevitable la reunificación de Irlanda, a la cual se oponen los unionistas, que tienen los votos que le dan la mayoría a Teresa May en el Parlamento. El que arregle este entuerto es un mago.

El UK ha sido un socio reticente en ese proceso. Se unió en 1973, con dos restricciones enormes: el rechazo al Euro y a la libre circulación de personas, que hoy se mantienen. Desde que llegó se está yendo. Ya en 1975 hubo un primer referéndum, cuando votó por quedarse. El desarrollo de la globalización que arrasa sin consideración con las empresas menos productivas y la avalancha de inmigrantes ilegales de Asia y África, más una campaña llena de medias verdades, llevó al triunfo del Sí. Pero hoy se sabe que su costo es impagable: 50.000 millones de dólares para ajustar cuentas, la desvalorización de la libra y probablemente la recesión económica. Cortar ese nudo gordiano equivale a un segundo referéndum que es lo que seguramente sucederá. Todo ese barullo para que todo quede como antes. Es como si Enrique VIII hubiera vuelto con Catalina de Aragón y besado el anillo del Papa, después de haberle cortado la cabeza a Ana Bolena.

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