Cañasgordas

Cañasgordas

Mayo 17, 2019 - 11:40 p.m. Por: Óscar López Pulecio

En el Valle del Cauca hasta el Siglo XX la tierra no valía nada y las haciendas nunca fueron un negocio rentable. Más bien, eran una fuente de prestigio social para sus dueños, quienes para el fin de la Colonia no eran ya los originarios poseedores de los grandes latifundios sino mineros y comerciantes enriquecidos que les habían comprado sus tierras y se habían casado con sus hijas. Lo que valía eran los trapiches, las construcciones, los esclavos, pero sólo mineros y comerciantes tenían el dinero para comprar y sostener haciendas en una economía donde el efectivo escaseaba.

Además, hasta el Decreto de Desamortización de Bienes de Manos Muertas, de Tomás Cipriano de Mosquera, ya bien entrado el Siglo XIX, muchos inmuebles rurales gravados con censos y capellanías a perpetuidad para la redención de las almas de sus antiguos propietarios, estaban en poder de la Iglesia Católica y fuera del comercio. Germán Colmenares en su obra ‘Cali: Mineros y Comerciantes, Siglo XVIII’ (Biblioteca Banco Popular. 1983), traza con el rigor del historiador que ve la historia desde sus fenómenos sociales y políticos el más exacto retrato de ese mundo, no tan bucólico como se cree.

En tiempos de la rebelión de las Ciudades Confederadas (1811), que fue una guerra civil entre Cali y Popayán donde no estuvo en entredicho la soberanía real, la hacienda Cañasgordas, la más grande de la banda oriental del Río Cauca, no era una excepción a esa regla. Era el dinero proveniente de las minas chocoanas de la familia Cayzedo, el que hacía posible el mantenimiento del enorme fundo, fuente de su poder político, lo cual le permitía detentar el más alto cargo honorífico colonial, con carácter hereditario: el de Alférez Real, una especie de Justicia Mayor de la villa.

Tan poderosa era la familia Cayzedo, que pudo convocar y armar el ejército de las Ciudades Confederadas, que sale de Cañasgordas, para marchar sobre Popayán, desafiando al mismísimo Gobernador de la provincia, Miguel Tacón y Rosique, quien se negaba a reconocer a Cali los derechos de igualdad de su Junta de Gobierno, nacida del desbarajuste del imperio español ocasionado por la invasión napoleónica a la Península Ibérica. Esa rebelión se pierde y con ella la vida de don Joaquín de Cayzedo y Cuero, fusilado en Pasto en enero de 1813.

Tiene el Alférez Real su momento de gloria en la batalla del Bajo Palacé, el 28 de marzo de 1811, donde vence a Tacón y se apodera de Popayán. El caleño Cayzedo y el bugueño Cabal, criollos, dueños fugaces de la Ciudad Blanca, sede del poder español, lo cual visto retrospectivamente es un temprano triunfo sobre el centralismo. Toda esa gesta es además un detonante de la Guerra de Independencia. Luego vendrían lo horrores de la Reconquista y el triunfo final de la República.

La bella restauración de la Hacienda Cañasgordas, que amenazaba ruina, es un merecido homenaje a esos hombres que desafiaron a un Imperio en defensa de sus derechos y un valioso esfuerzo de rescate del patrimonio cultural vallecaucano por lo que ese sitio representa en la formación de la identidad regional. Cambian los tiempos. Pasa Cañasgordas, la Casa Grande, de ser el símbolo de poder de una clase terrateniente, esclavista, conservadora, monárquica, a ser un símbolo republicano y cultural, en donde surge históricamente a no dudarlo el germen de lo que hoy se denomina la Vallecaucanidad.

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