Belisario

Belisario

Diciembre 14, 2018 - 11:40 p.m. Por: Óscar López Pulecio

Allá por mediados de los años 70, Belisario Betancur, quien a la sazón era presidente de Anif, se enteró de que León de Greiff, el viejo poeta de las barbas de chivo, inventor de las palabras más sonoras, estaba enfermo y pobre.

A don Leo, el estepario, lo acosaban la vejez y la administración de impuestos, que no había pagado en su vida y corría el riesgo del desahucio de su apartamento, atestado de libros.

Belisario, cuya aproximación a las finanzas era un matrimonio de conveniencia, convenció a la Junta Directiva de Anif de que se creara un Premio Nacional de Poesía para ser entregado por una sola vez, del cual él era el jurado, por una cuantía igual a la de los impuestos debidos por el poeta, cuyo importe fue girado directamente al Estado.

Toda la oligarquía bogotana de ese tiempo se reunió para el homenaje del cual quedó como recuerdo un librito precioso de poemas inéditos y manuscritos de León de Greiff, quien moriría poco después, a paz y salvo. Así era él. Generoso de espíritu.

Le gustaba la compañía de los poetas, él mismo un poco poeta, autor de versos sarcásticos. Pero amaba la poesía. Había traducido del francés, los versos de Konstantinos Kavafis, escritos originalmente en griego alejandrino, recuperando la cadencia de los poemas, que hablan de la nostalgia del pasado, de la fugacidad de los placeres, de su carácter irrepetible, de cómo la vida se desliza entre los dedos como la arena del desierto.

Le gustaban los íconos de la Iglesia Ortodoxa, de los cuales tenía una rica colección. Su propio iconostasio, que lo protegía de las perversidades de los políticos y los banqueros.

Había escrito un opúsculo sobre el misterio de los íconos, su significado que fundía un arte y unos dogmas, ambos petrificados en el tiempo, pero alentaban la creencia en la existencia improbable de Dios. Lo mejor de la pequeña joya literaria, su título: ‘Desde el alma del abedul’, ilustrada con sus propios íconos enjoyados. Así su alma, dura, forjada en la pobreza sin nombre de su infancia campesina, revestida con la capa brillante de su amor por la vida y el arte, buscando trascender. Tenía un agudo sentido de los valores.

Luego diría que sería recordado, si acaso, como el Presidente de Colombia cuando Gabriel García Márquez ganó el Premio Nobel de Literatura. El arte por encima de la política, que lo buscaba por su carisma, y ante la cual se hacía de rogar. Pertenecía al Partido Conservador pero era un socialdemócrata de corazón
Le gustaba la buena vida. Tenía los modales y el gusto de un príncipe. Aún en medio de las mesas fastuosas donde era el anfitrión, regadas con Chateauneuf du Pape un fino vino de Avigñon, recordaba su infancia de Amagá, sus tiempos de seminarista en Yarumal, de estudiante pobrísimo en Medellín, para que sus invitados supieran que su refinamiento había sido adquirido no heredado, que era parte de su educación.

Les enseñó varias cosas a los jóvenes que lo acompañaron de cerca en esos tiempos, antes de que fuera presidente, quien esto escribe entre ellos. Fue para nosotros un maestro en esas artes extrañas de la cultura, la política, las relaciones públicas. Cómo ser afirmativo y seductor al mismo tiempo. Cómo sobrevivir en ambientes hostiles sin perder ni la calma ni la sonrisa. Cómo las buenas maneras son la clave de la convivencia. Cómo tender puentes y estar siempre de parte de los humildes. Creo que fuimos buenos discípulos.

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