Almabeatriz

Almabeatriz

Enero 24, 2015 - 12:00 a.m. Por: Óscar López Pulecio

Cualquiera que hubiera sido su vida, iba a ser recordada por quienes la conocieron, porque era difícil olvidar su gentileza, su don de consejo, su integridad, su inteligencia y sobre todo su sonrisa. Si hubiera sido sólo la madre de familia que era cuando, con cuatro hijos pequeños, comenzó a estudiar derecho en la Universidad Javeriana en Bogotá en los años 70, hoy su muerte prematura hubiera sido un asunto privado. Pero otro era su destino. Un día, como Ministra Delegataria con Funciones Presidenciales, debió pensar con la misma sencillez de siempre, ante la guardia presidencial que le rendía honores, sobre esa parábola vital que la había llevado tan lejos, por sus propios méritos.Tenía el aspecto, fino, elegante, de una mujer frágil. Y dos convicciones duras como el acero: su fe en Dios y el respeto por el Estado de Derecho. Si se quisiera definir a Almabeatriz Rengifo López, como servidora pública, podría decirse que era una mujer que ponía su fe al servicio del derecho. De sus profundas creencias sacaba la fuerza para hacer valer sus argumentos y para enfrentar a los poderosos, sin otra arma que la ley.Dos acontecimientos de su carrera pública particularmente complejos demostraron su temple. La defensa de la norma que restablecía la extradición de nacionales, defendida por ella ante el Congreso, como Ministra de Justicia del gobierno de Ernesto Samper; y la defensa de la validez del referendo reformatorio de la Constitución, no aprobado en las urnas, durante el primer gobierno de Álvaro Uribe Vélez, cuando ejerció el cargo de Registradora Nacional del Estado Civil. Lo del restablecimiento de la extradición de nacionales era simplemente enfrentar a la mafia del narcotráfico, todopoderosa, que había arrasado al país cuando se la amenazó con extraditarla a Estados Unidos, con tal violencia, que la propia Asamblea Nacional Constituyente la había prohibido. Cuando se escriba la historia verdadera de esos días aciagos, hoy todavía enturbiados por un debate político de dos decenios que aún no termina, se verá el papel que esa mujer pequeña y valiente, rodeada por una nube de escoltas, desempeñó para desmontar una maquinaria criminal, que amenazaba la integridad misma de la Nación.Lo del Referendo no fue menos valeroso: resistir las presiones políticas para modificar el censo electoral, después de la votación, con el argumento de que estaba inflado por los ciudadanos muertos, inhabilitados o al servicio de las fuerzas armadas, de modo que se pudiera bajar el umbral requerido para la aprobación de las propuestas presentadas. Con la Constitución en la mano, recordó cómo la independencia del poder electoral es de la esencia misma del sistema democrático y que sólo la trasparencia de los procesos electorales legitima la democracia.Y si se me permite, una nota personal. Era ella el centro de gravedad de mi familia paterna: árbitro amable, consejera sin par, ejemplo de vida, alma de la fiesta, mano generosa llena de ternura. La más cercana a mi corazón. Quizás, contando cómo era, pueda entenderse mejor el papel que desempeñó Almabeatriz Rengifo López al servicio de su Patria, con la misma devoción y entrega. Quizás, una página justa escrita en su memoria, adorne su tumba como otra azucena blanca. Quizás, atenúe la pena. Como se dolía César Vallejo en sus Heraldos Negros: “Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡yo no sé!”.

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