Nuestra desordenada remuneración laboral

Nuestra desordenada remuneración laboral

Agosto 13, 2019 - 11:35 p.m. Por: Ode Farouk Kattan

Las palabras remuneración y salario provienen del latín y tienen el mismo significado: el pago que una persona hace a otra por la prestación de un servicio.

La palabra servicio ha tenido toda una serie de definiciones, pasando por la esclavitud, la servidumbre y diversas formas de imposición, pero en la esencia moderna implica que es una relación entre una persona que requiere un servicio y otra que lo puede prestar, términos que hoy reemplazan otros de antaño, pues hoy se centra la relación laboral en el concepto de empleo, el mutuo beneficio que no solamente sirve a las personas sino a la sociedad como un conjunto dado, que lo ideal es que en una sociedad debidamente organizada y apropiadamente manejada el mayor número de personas gocen de una relación laboral que le permita tanto al empleador como al empleado gozar del común denominador llamado empresa, término que hoy alcanza a toda persona que trabaje en algo, incluyendo la actividad personal en servicios múltiples.

Este paraíso teórico ha sido roto por la naturaleza humana, más proclive a los siete pecados capitales que a las siete virtudes que los contrarrestan. Y el trabajo, muchas veces forzado, ha sido materia de conflicto a lo largo de toda la historia de la humanidad con episodios bélicos que han llevado a crear la imagen de conflicto permanente entre empleadores y empleados, cosa que ha redundado en la asociación, tanto de empleados como de empleadores, a veces para converger, a veces para divergir.

Sin embargo, el gran problema del empleo y su efecto sobre el comportamiento del empleador y el empleado es el desempeño de la economía del país, pues el empleador está sometido a la inexorable ley de la oferta y la demanda, que es la que le da los medios para satisfacer el funcionamiento de su empresa, que es el que le facilita en términos monetarios su supervivencia, y a su vez su supervivencia depende que tenga como pagar los servicios que pueda contratar.

Surge aquí el demonio de la ley laboral, que consiste en crear obligaciones que el empleador tiene que cumplir hacia sus empleados en materia de salario y accesorios dinerarios u operativos, que le cuestan al empleador, acompañado por otro demonio cual es el ritmo del negocio, que si baila al son de las ventas, y buenas, puede pagar, pero si el ritmo del negocio recede, ya sea por baja en ventas o exceso de costos, simplemente su negocio puede terminar en cierre del empleador y desocupación del empleado. Y esto es lo que le esta pasando a Colombia hoy.

Por mucho tiempo hemos manejado equivocadamente los conceptos de empresarismo y trabajo desdeñando la ley del equilibrio, imperativa en todo negocio, cosa que se refleja en la creciente informalidad que significa no otra cosa que el rechazo, por exceso, a la contratación laboral, dada una equívoca interpretación de derechos vistos solamente desde el trabajador sin tomar en cuenta la carga empresarial nacida de obligaciones gubernamentales, que en nuestro medio son excesivas y en mucho absurdas. Y nadie pone su capital a perder plata, y menos con nuestro sistema impositivo.

Esto es lo que ha conducido a los ya controvertidos enfrentamientos respecto a si el país va generando empleo o no. No menos importante en el manejo de la remuneración es la complejidad y diversidad cambiante que tiene hoy el trabajo, en la medida que el surtido de productos va evolucionando y el puesto de trabajo de hoy desplaza al de ayer al tenor de la tecnología o del cambio costumbrista, sin menospreciar que el mundo laboral va teniendo más gente disponible por efecto de la diosa competencia, destructora de empleos.

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