Locos útiles

Locos útiles

Septiembre 17, 2016 - 12:00 a.m. Por: Muni Jensen

La costumbre de calificar como ‘locos’ a los políticos no es nueva ni accidental. Pertenece a un capítulo muy efectivo del manual de campañas sucias, que consiste en sembrar dudas sobre la salud mental de un rival. Si se utiliza bien, se convierte rápidamente en rumor, especialmente cuando se transmite vía personajes considerados serios y enterados, que generalmente comparten la información en voz baja y con cara de consternación.En Colombia, por ejemplo, últimamente está de moda afirmar que Álvaro Uribe, cabeza de la oposición al proceso de paz y protagonista de la campaña del ‘No’, está mal de la cabeza. Esta información, que siempre se le atribuye a un tercero, se comenta en círculos sociales, agregando que “quienes lo conocen están preocupados”, que quizá lo aqueja una enfermedad mental, que suena incoherente, que perdió la razón. Efectiva campaña del ‘Si’, pero poco sustentada en la medicina, porque, por defectos que tenga el tuitero expresidente, la falta de lucidez no es uno de ellos.No somos los únicos. En la campaña electoral de Estados Unidos la locura está en furor. Basta con buscar en Google la palabra “crazy” y aparecen decenas de miles de referencias al candidato republicano Donald Trump. Sin defender a este magnate imprudente, racista, xenófobo y machista, que a base de insultos ha llegado a la recta final de la campaña, es notable su estrategia para derrotar opositores: pensada, deliberada, y escrita incluso de su puño y letra en su libro ‘El arte de la negociación’, publicado en 1987. Donald Trump es cuerdo, ambicioso, narcisista y hábil. Sabe llegar al corazón del votante desencantado, pobre, y sin horizontes. No parece poseer un fundamento moral, ni mucho menos representa los valores de su partido. Su comportamiento errático obedece más a un extraño olfato político que a un desorden sicológico. Trump no está loco. Y eso lo vuelve aún más peligroso.La primera campaña política donde formalmente se utilizó como táctica cuestionar la salud mental de un rival fue la de Lyndon Johnson contra Barry Goldwater en Estados Unidos en 1964. En esa ocasión el demócrata Johnson pintó a su contrincante -una especie de Trump sesentero que planteaba desde la extrema derecha sus posiciones con desfachatez y algo de humor- como una amenaza para la seguridad del mundo. El eslogan ‘In your guts, you know he’s nuts’ (En sus entrañas, usted sabe que está loco) se convirtió en la frase de batalla de Johnson para difundir el miedo. Se anunció que 12.000 sicólogos estaban evaluando la salud mental del candidato. Todo falso, pero funcionó: Goldwater, que había tenido una carrera cuerda y larga en el Senado, perdió por el mayor margen de votación en la historia del país.Fuera de la política también se usa la maniobra. Hay teorías sobre los hombres que rotulan a las mujeres como ‘chifladas’ cuando lo que dicen incomoda aunque sea verdad, y los muchachos enojados usan entre ellos el mismo calificativo contra sus padres como reacción a algún planteamiento estricto.En el mundo actual han sido acusados de locura los líderes en todo el espectro político con el propósito de disminuirlos ante sus votantes: el italiano Berlusconi, Putin en Rusia, en América Latina Cristina Kirchner, Correa, Maduro y Chávez, Fujimori y Alan García. La lista es larga. Deliberadamente, especialmente en época de campaña, se llama enfermedad mental al mal gobierno, el autoritarismo, el favoritismo y la maniobra. Y a la oposición, por supuesto. Hasta el prudente Obama ha calificado así a los congresistas republicanos. Un poco de perspectiva: locos fueron Calígula, Iván el Terrible, algunos papas y emperadores. Y claro, Juana la Loca. Los demás, Uribe y Trump y Hillary y hasta el propio Barry Golwater, pertenecen a la categoría de víctimas de la cuestionable pero muy efectiva costumbre política de sembrar dudas de locura para confundir y descalificar.Sigue en Twitter @Muni_Jensen

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