Histeria golpista

Histeria golpista

Septiembre 03, 2016 - 12:00 a.m. Por: Muni Jensen

Está de moda llamar golpes de Estado a las crisis políticas. Desde la destitución de Dilma Rousseff en el Brasil, hasta la protesta de la oposición Venezolana, pasando por la crisis del sector minero en Bolivia y el controvertido plebiscito por la paz, ahora parece que a todo le dicen golpe.No es cierto. Formalmente, para que una crisis política se considere un golpe de Estado debe cumplir con varios requisitos. Los golpes de Estado ocurren cuando un grupo dentro del gobierno, militar o de elites asume el poder por la fuerza. El politólogo Samuel Huntington definió en 1968 varios tipos: el más común, el de avance, sucede cuando la oposición derriba al gobierno y se establece como fuerza de mando. Los comunistas que suplantaron a los zares rusos son el mejor ejemplo. También existen los golpes de elite, donde un grupo del gobierno derroca al presidente, como ocurrió con los militares egipcios en 2013 y el presidente Mohammed Morsi. Los autogolpes ocurren desde la jefatura del poder. El intento de Alberto Fujimori de disolver el Congreso y las cortes en 1992 cabe dentro de esta categoría. Un ejemplo reciente de la histeria golpista ocurre tras la destitución de la presidenta brasileña Dilma Rousseff, quien fue retirada esta semana del cargo mediante un juicio político. En este juicio participaron el sector judicial y ambas cámaras del Congreso, amparados en la propia constitución, y mediante procedimientos formales que duraron casi cuatro meses y votos que muchas veces fueron televisados. El proceso lo cubrieron y analizaron libremente los periodistas locales y los del resto del mundo. A Dilma la suplantó su propio vicepresidente Michel Temer, fórmula presidencial por la que votaron 54 millones de brasileños. A favor del ‘impeachment’ votó tres cuartas partes de un Senado conformado por todos los partidos del Brasil. Golpe no fue. Una cosa es criticar a los senadores que votaron y otra decir que Temer llegó al poder por la fuerza. Es cierto que la mayoría de los senadores tienen acusaciones en su contra. Y es legítimo argumentar que Dilma no está acusada de corrupción, sino de malos manejos de las cuentas públicas. Y es verdad que Michel Temer es de derechas, no representa a los trabajadores, y además es un político gris. Que el proceso fue complejo y amañado, es cierto. Pero con la excusa de expresar repudio al supuesto golpe de Estado lograron protagonismo el expresidente Lula da Silva, los gobiernos de Cuba, Venezuela, Ecuador y Bolivia -cuyos líderes no pasan ni raspando el examen de democracia- una franja del parlamento Europeo, y hasta el excandidato Bernie Sanders, al tomar represalias diplomáticas y formular pronunciamientos incendiarios.Si se trata de ser justos, en Venezuela no fue intento de golpe la protesta masiva organizada por la oposición, ni es un complot de los Estados Unidos. Tampoco es “golpe en cámara lenta”, como afirma Andrés Oppenheimer en su reciente columna, el de Nicolás Maduro, quien sin duda manipula las cortes, abusa la fuerza, persigue la prensa y desconoce el congreso. En Colombia no lo es el acuerdo de paz, aunque la mitad del país desconfíe del proceso. Contra los mineros en Bolivia hay violencia, pero al llamarlo conspiración golpista solo busca Evo subir en las encuestas. Es casi tan popular en momentos de impopularidad acusar a la CIA de una conspiración golpista, que anunciar públicamente que esos intentos han sido desactivados exitosamente por el propio gobierno.Hay tomas de poder por la fuerza en América Latina que sirven de modelo en caso de duda. Y es verdad que Estados Unidos ha apoyado a más de uno. El de Augusto Pinochet en Chile en 1973, el más sonado de los últimos tiempos, y el, el de Honduras en el 2009. Pero es distinto la crisis política, la oposición vías para gobernar, los excesos de un gobierno y hasta el abuso de poder. Para citar la descripción reciente del expresidente uruguayo José María Sanguinetti, usar con ligereza el término golpe de Estado no es más que una “grosería intelectual”.Sigue en Twitter @Muni_Jensen

VER COMENTARIOS
Columnistas