La paz imperfecta

La paz imperfecta

Agosto 14, 2018 - 11:55 p.m. Por: Melba Escobar

Siendo un niño, el tercero de siete hermanos tiene una revelación mirando los farallones de Cali. Francisco, o Pacho, recibe el llamado a buscar el misterio de Dios en el amor al prójimo. A los 16 años se va a la Ceja Antioquia, donde se prepara para ser jesuita. Más adelante, estudia Filosofía en la Universidad Javeriana. De Roux cursa estudios de economía en la London School of Economics y termina un doctorado en la Sorbona.

El sacerdote sin sotana, hace estudios superiores en universidades laicas europeas, para darnos así una primera lección: creer en el misterio de la creación, no tiene por qué reñir con el pensamiento científico.

En su libro La audacia de la paz imperfecta, de Roux escribe un relato tan sentido como riguroso, en el cual es imposible no reconocerse como colombiano. Sea cual sea la historia personal de cada uno de nosotros, el abordaje compasivo que le da al sufrimiento rompe con el antagonismo que tiene dividido al país abriendo las puertas a la verdadera reconciliación. El jesuita escribe como habla, con la luminosa lucidez que le han dado los años de recorrer el territorio, hablar con víctimas y victimarios hasta llegar a entender con el corazón el peligro de una sola historia.

Es así como para lograr salir de esta película de vaqueros en la que estamos atrapados, necesitamos una voz que diga: “me mueve el dolor de nuestro pueblo, la convicción de que venimos de la ruptura del ser humano entre nosotros que dio lugar al trauma social y cultural que nos dificulta la reconciliación. Escribo porque tengo esperanza en esta paz imperfecta que se fortalece en el crisol de las dificultades”. Y creo en esta voz no solo por la lucidez de sus palabras. Creo en esta voz porque es la de un verdadero jesuita. Un hombre que pudiendo haber vivido en el seno de una familia próspera, eligió vivir como un hombre pobre. Un hombre que no entiende de vanidad ni de intereses materiales, no lucha por la paz porque esté buscando la gloria, el honor o la fortuna. De Roux no quiere otra cosa que contribuir a la dignidad humana, la justicia social y la reconciliación. ¿Acaso no es eso lo que queremos todos?

El clérigo que ha vivido en la Comuna 13 de Medellín, en el barrio San Agustín de Bogotá detrás de la Picota, en el Caguán, en el Magdalena Medio, donde fue testigo de primera mano de los efectos de la coca y la manera como esta articulaba la economía de la región y de las instituciones; conoce las retroexcavadoras, los ríos envenenados de mercurio, el microtráfico, los créditos gota a gota, en pocas palabras, conoce el país. Ese país que la mayoría de habitantes de la capital y ciudades intermedias llamamos “la otra Colombia”, sin llegar a preguntarnos si esa “otra Colombia” no será más bien la cápsula urbana desde donde formulamos más respuestas que preguntas sobre lo que no conocemos.

Dudo que podamos buscar una reconciliación como sociedad al margen de la espiritualidad. En ese sentido, el líder espiritual más coherente y certero que tenemos hoy en día en Colombia es Francisco de Roux, nuestro Nelson Mandela, nuestro Francisco de Asís, un ser humano entregado a la paz, sin un proyecto político, sin intereses personales, sin dogmatismos. Ojalá los colombianos tengamos la sensibilidad para valorar su ejemplo de vida, así como la grandeza de su misión al mando de la Comisión de la Verdad.

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