Yo no nací para amar

Yo no nací para amar

Septiembre 01, 2016 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Los charros grandes están ahí, eternizados en bronce. Es de noche en la Plaza Garibaldi de la ciudad de México y con el destello de los flashes, se distrae el oído en canciones que caen de todos lados, a cuál más sonora y conocida: “Tres corazones heridos/ puestos en una balanza/ uno que pide clemencia/ y otro que clama venganza…”, Cuco Sánchez, y más allá, algo de José Alfredo Jiménez: “Si nos dejan/ nos vamos a querer toda la vida…”.En ningún lugar de la tierra se canta una ranchera como ahí, entre el jaleo de mariachis que van a todos los rincones de la ciudad, y gente despechada que anda en busca de una canción. Otros quieren celebrar un bautizo, un matrimonio al día siguiente.De aquella plaza tengo el recuerdo de Tenampa, una cantina que está en uno de sus costados, y la boca abierta de un cantor que gritaba como si hubieran matado a la Dolores. Era cobrizo, quizá de la etnia zapoteca, y en sus manos la guitarra parecía diminuta, una extensión de su cuerpo. Daba ese alarido que es mezcla de gorgeo y lamento, el famoso falsete, el mismo que dejaba ver todas sus calzas, sus dientes cubiertos de oro.Entre indígenas, hubo un tiempo en que llevar oro en los dientes era señal de jerarquía. Aquí en el Cauca, en Silvia, cuando las niñas cumplían 15 años, si su padre tenía cierta holgura económica, le hacía quitar todos los dientes para “ponérselos en oro”.Ese destello en la boca abierta del mariachi y las estatuas, quedaron en el recuerdo. Están ahí, Miguel Aceves Mejía, Pedro Infante, Jorge Negrete, Pedro Armendáriz y, para sorpresa, ya a inicios de los 80, Alberto Aguilera Valadez, más conocido como Juan Gabriel. Me dije que el pueblo mexicano debía quererlo mucho para hacerle una estatua en vida. Fue plasmado en uno de sus gestos característicos, con los brazos abiertos, como si volara.El cantor y compositor cumplía todos los requisitos para ser elevado al altar de México, como el Enmascarado de Plata, Cantinflas, Blue Demon, o ese ángel oscuro, tocado por la poesía, al que todos llamaban Agustín Lara.Venía de muy abajo y no había permitido que lo mordiera la pobreza. Con su canto y sus canciones se puso más allá del bien y del mal. Por estos días vuelven sus actuaciones en el ‘Noa Noa’, muy joven, vestido como un príncipe azteca. La gente lo aplaudía para que bailara, y él se daba a hacer giros con el güipil de La Llorona. Una entrega que era sólo pasión.No sé si el escritor mexicano Carlos Monsivais alcanzó a ocuparse de la vida y obra de Juan Gabriel, de lo que representó como fenómeno social en un país donde los héroes populares, como Chavela Vargas, mandan a callar presidentes y viven como les da la chingada gana.Todavía recuerdo una escena de las historietas del Santo, en esos tomos que venían en tinta color chocolate. El presidente de México con la mano apoyada en la barbilla, preocupado, en su palacio de Los Pinos. De pronto, “!Gulp!”, aterrizaba Santo en su despacho, después de dejar una estela en la ventana. La ciudad estaba llena de momias que asesinaban en las esquinas de Tepito. El mandatario, muy serio, le dice al luchador: “Santo, ¡salve a México!”.La canción mexicana está hecha de una poesía de la que otros pueblos se apropian. Una noche, al azar, encontré una pequeña plaza en Madrid, donde se le rinde culto a Agustín Lara, el compositor que homenajeó a Granada sin conocerla. Su cantar se llenó de fantasía e imaginó la tierra de Lorca como una “mujer que conserva el embrujo de los ojos moros…”. La soñó rebelde y gitana, cubierta de flores, y besó su boca de grana, jugosa manzana que hablaba de amores.Con Juan Gabriel se va también todo ese México mitológico del romance, el dolor y el sueño.Sigue en Twitter @cabomarzo

VER COMENTARIOS
Columnistas