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Sopla el siroco

Mayo 26, 2021 - 11:50 p. m. 2021-05-26 Por: Medardo Arias Satizábal

Sobre las galerías subterráneas sopla a veces el viento negro, rachas afiladas que desmantelan las viviendas en su paso hacia el mar, dejándonos con la cabeza enterrada en el polvo. Las hordas rojas huyen hacia los vertederos clamando con sus brazos íntimas venganzas.
Nosotros permanecemos en alerta; escuchamos el reporte que nos llega desde lejanas naciones. La radio, la televisión, hacen que recuperemos de pronto el significado paralizante de la luz acribillada por la desgracia.
Ayer, lo primero que descendió de la montaña fue una cascada de agua turbia; arrasó los albergues y ahogó a sesenta familias vecinas. Corrí a los refugios altos en busca de socorro y refuerzos, pero mi ruta estuvo asaltada por múltiples obstáculos. Primero fueron las tempestades de hielo, aludes que sepultaron hasta la hierba, y me encontré luego frente a las paredes lisas del acantilado, regadas con el veneno de los infieles.
De lejos, desde la altura que va hacia el Túnel Real, divisé el valle donde otro día fuimos felices, arrasado por la maldición que cada siglo se cierne sobre mi pueblo. Veo venir en distintas direcciones las hordas de auxilio; se acercan desdibujadas por el polvo de regios batallones. En sus banderas desflecadas por la peste advierto la rabia perenne de la sobrevivencia. Será difícil ponernos de acuerdo; nadie querrá oír la historia de la turbia catarata, siniestro cotidiano a nuestra especie. En ese desastre común a nuestras vidas, todas tenemos alguna víctima, algún ser querido arrastrado a la tiniebla por las aguas desenfrenadas.

Con los últimos oros del sol, la brigada internacional logró sacar del turbión a varias niñas atrapadas por el remolino. Las noticias de inundaciones aumentan en los periódicos. Hemos sabido también de incendios, lluvias de fuego y terremotos entre los termes, allende el mar.
Las noticias advierten sobre el alba roja del exterminio en ciudades otrora pacíficas. Holocaustos, racismo, xenofobia, crepitan en el alma de mis congéneres. Llegamos hasta aquí después de los deshielos que diezmaron la bravura de mi raza en los antiguos socavones.

Amamos la paz, no penetramos en galerías ajenas y procuramos guiarnos por los principios espartanos de nuestros abuelos. Recuerdo la vida en el campo como una residencia en la luz, tiempo de aprendizaje en el sudor de las faenas. Con nuestra madre aprendimos a llevar pesadas cargas sin perder el equilibrio, sin quejarnos, entre la casa y el río, el río y la casa; cruzábamos a pie tenebrosos pantanos, valles movedizos, atajos vigilados desde guaridas profundas por las temibles guatejas del ejército de hoplitas asesinas. Tantas veces esquivé su aguijón venenoso, al tiempo que veía morir a mis hermanas entre horribles espasmos.

El chicuelo aprovecha la hora vesperal cuando regresamos a nuestras galerías después de tenaces jornadas. En la confusión, aprovecha para catapultar a nuestras guías hacia los precipicios, a los abismos en los que bulle el agua de humeantes vertederos. Lo primero es el humo confundiéndonos la visión, nubes gigantescas dispersando la poca orientación que pueda quedarnos, y luego el fuego envolvente, el infierno bajo nuestros pies, sobre nuestras cabezas. Las más experimentadas huimos dando comunicación rápida a las hordas de tierras altas.

Hace unos días creímos encontrar la montaña blanca, el lugar exacto para construir la residencia eterna, pero una tempestad de nieve destruyó el sosiego. Hace parte ya de nuestra historia. Pasamos muchos lustros en la búsqueda de una cumbre apacible, pero un sino irracional nos desbarata el sueño, nos aplasta, nos sumerge en su vórtice sin regreso.

La ciudad está enferma; mañana, desde el risco que da a los torrentes, propondré el retorno al campo, ahí donde no éramos más que modestas hormigas obreras. La utopía me quita el sueño, me mantiene alerta.
Sigue en Twitter @cabomarzo

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