Ritmo de carnaval (II)

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Ritmo de carnaval (II)

Diciembre 25, 2019 - 11:50 p. m. Por: Medardo Arias Satizábal

En las primeras Bacanalias, antecedentes del carnaval, griegos y romanos se entregaban a prolongadas libaciones, fastos orgiásticos. Bucanes de bueyes, cerdos de monte, faisanes, decoraban las mesas, mientras el vino corría a rodos, una conducta que fundaría más tarde la escuela epicureísta que proclamaba: “Comamos y bebamos, que mañana moriremos…”

Cada 17 de diciembre la fiesta era para Saturno, donde se abría la llave al instinto, a los excesos. Estas Saturnalias venían también con espectáculos de sangre, exhibiciones de gula y molicie. Los homenajes a Baco y a Dionisos se prolongaban hasta el 15 de febrero cuando Roma se prodigaba a las Lupercalias, donde toda potestad era entregada al dios Pan o Fauno.

Las Saturnalias debían nombrar un rey, y este es el antecedente más remoto del Rey Momo del Carnaval del Río. El monarca absoluto de la fiesta recibía atribuciones imperiales, y al año siguiente era sucedido por quien pudiera representar las características exigidas para este empeño: vocación de sátiro, desflorador de doncellas, bebedor de trago largo, sano apetito.

Al tiempo, dentro de estas fiestas paganas, florecieron las representaciones de lo que sería el circo como un fenómeno de diversión que venía a ‘equilibrar’ las emociones de la gleba. Ahí surge el personaje que ríe de las tribulaciones de otros -el payaso-, y en espacios abiertos o cerrados se hace gala de hazañas físicas, acrobacias, peleas cuerpo a cuerpo con fieras y otro tipo de desfogues colectivos. Umberto Eco reconoce en la aparición y patrocinio del circo un manejo de poder, un trazo deliberado de políticas orientadas a neutralizar los ímpetus de la masa, sus anhelos desbocados, su vocación de asonada. En su ensayo titulado ‘Los marcos de la libertad cómica’, hace una distinción precisa entre Circo y Humor; reconoce a primero un papel paliativo, y al segundo lo define como ‘subversivo’. Eco conceptúa: “Tendríamos que explicarnos por qué el poder -cualquier poder político y social a lo largo de los siglos- ha utilizado a circenses para calmar a las multitudes; por qué las dictaduras más represivas han censurado siempre las parodias y las sátiras, pero no las payasadas. Por qué el humor es sospechoso pero el circo es inocente, por qué algunos medios masivos de control social acuden al chiste, a lo ridículo, a la carnavalización continua. Para apoyar el universo de los negocios, no hay mejor negocio que el espectáculo…”

Eco se declara contrario a la idea generalizada del carnaval como transgresión. Hace el recuento de las afirmaciones que rodean a esta expresión como verdad fundada: que es revolución, subversión, pérdida de identidad y valores, entrecruzamiento de grupos antagónicos, migración de los de arriba hacia abajo y viceversa. Un poco lo que traduce la canción ‘Fiesta’ de Joan Manoel Serrat, donde se ve a ricos y pobres “empapados en alcohol/ magreando a una muchacha…”

El carnaval medieval mostraba espontaneidad, dominio de la voluntad primaria por fuera del castigo de las formas ‘culturales’, con expresiones que podrían denominarse trágicas. El coro, las libaciones, la gula, la lujuria estaban adjudicados a un sentir dionisíaco que pretendía salvar al ser desde las cavernas del pensamiento; esa categoría de fiesta tendió a desaparecer en el tiempo, pero dejó un ‘decorado’, la dramatización consciente de escenas burlescas o atávicas. Esas dos vertientes sobreviven en el carnaval moderno, en lo que podría identificarse, de acuerdo al punto de vista de Nietzche, como la posible unión de lo dionisíaco con lo apolíneo (Ver su libro “Origen de la tragedia”).

En el Carnaval de Río dicha situación aparece con claridad. Antes del sambódromo, por las avenidas cariocas, se fundían -también en disputa- ‘ranchos’ y ‘scolas’ con las denominadas ‘Grandes Sociedades’ creadas en 1850 para albergar a representantes de prestigio social y económico.

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