Ritmo de carnaval (I)

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Ritmo de carnaval (I)

Diciembre 18, 2019 - 11:50 p. m. Por: Medardo Arias Satizábal

“Eres tú, máscara de la noche, con tu carne rosada, con tus largos chales campestres y tus cánticos… ¡Eres tú, sí: oigo a tus faunos puntillando las aguas con sonidos de flautas en las largas escalas cromáticas, fragantes…!”. Decía el poeta Vinicius de Moraes para celebrar el alma del carnaval, festividad unida a la cultura carioca.

Pocas melodías han logrado congelar en sus versos la atmósfera de carnaval, como la que lo celebra, de mañana, en la banda sonora de ‘Orfeu negro’, la creación de Luis Bonfá y Antonio Carlos Jobim. Entre nosotros, Barranquilla celebra carnaval, y quién lo creyera, las fiestas de Cali fueron inicialmente carnestoléndicas y nacieron en los salones del Club Colombia.

A ese regocijo popular de la alegría que va por la calle, dedica hoy Delirio su espectáculo decembrino, junto a la puesta en escena de mi novela ‘El chachachá del diluvio’.

Con el ‘boom’ turístico colombiano de los últimos años, Cali bien podría recuperar su carnaval, un propósito que no le es ajeno a Luz Adriana La Torre, la directora de Corfecali, y al alcalde Jorge Iván Ospina.

Detrás de ese canto de Vinicius que reconoce en la máscara de la noche la plenitud del placer o el advenimiento de la muerte, el poeta convoca, como ayer, las pascuas floridas de las licencias mundanas, la llegada de la libertad de los sentidos, el grito, hecho canto y danza, en los tres días anteriores al rigor de la cuaresma.

Los coros rituales que acompañan a las comparsas de carnaval en todo el mundo, cantan con denuedo ese instante de la liberación, cuando las privaciones se dejan atrás y la sensualidad sale a la calle, hecha río.

Hay un instante histórico en nuestra América del Sur, para recordar epifanías de carnaval: las guerras de plátanos y naranjas en los soportales de Bahía, entre grupos rivales, o entre las altas casas de madera descalabrada en Manaos, a mediados del siglo XIX. También, en su versión magnífica frente al mar de Corcovado, con tropas de negros y mulatos, adversarios de carnaval, en disputa por un espacio en la bacanal.

En el Carnaval de Río resuena aún por las calles, entre cuicas y tamborines la balada el zapatero portugués José Nogueira Paredes, la huella de las primeras festividades lusitanas en tierra americana, cantos conocidos como ‘entrudos’.

Hace 1100 años a.C., los griegos celebraban carnavales, pero fueron los romanos los encargados de perpetuar esta tradición en Niza, Venecia y Múnich. ‘Fasching’, ‘Mardi Gras’, ‘Vastelaovend’, con cualquiera de estos nombres se identifica este período de entretenimiento que debe iniciar en sábado para culminar al amanecer del Miércoles de Ceniza. Algunos estudiosos ligan la etimología de la palabra carnaval al martes de absolución cuando la Iglesia prohíbe comer carne. De ahí, carnestolenda, carne-vale; en pisa ‘carnelevare’, en Nápoles, ‘Karnolevare’ y en Sicilia ‘Karnilivare’.

Se defiende también la teoría que asegura la existencia de unos desfiles dionisíacos, de claro origen órfico, en la antigua Atenas. Cuenta la historia que toda la ciudad era recorrida por festejos de máscaras encabezados por una procesión en la que se rendía culto a Dionisos, Rey del Vino. La litera en la que viajaba era conocida como ‘carrus navalis’, que habría dado origen a la palabra carnaval. Otro punto de vista de la historia apunta también a Isis, diosa de la maternidad y la fertilidad en la mitología egipcia.

Siendo Roma el centro de este evento dentro de las costumbres cristianas, no debe desconocerse que fue ahí en esta capital de imperio donde las ceremonias del sexo y el vino alcanzaron reputación pagana, en fastos que son tenidos como antecedentes del carnaval: las Bacanalias, las Lupercales y las Saturnales.

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