Rico el cielo

Escuchar este artículo

Rico el cielo

Octubre 16, 2019 - 11:50 p. m. Por: Medardo Arias Satizábal

Cuando estamos a punto de culminar la segunda década del Siglo XXI, no se ve en el horizonte, aún, ninguna profecía Maya que aliente la cercanía del fin del mundo, como ocurrió en diciembre de 2012.

Afortunadamente. No obstante, el desbarajuste universal, los tsunamis, el recalentamiento global o el exceso de dinero en pocas manos, evidencia en los últimos años un cambio en la conducta de los más ricos.

La antipatía hacia ellos es anterior a la escritura de la Biblia, y es por ello que ya en el Antiguo Testamento aparecen leyes claras de comportamiento delante de los más pobres. Ahí, Dios dice, entre otras cosas, “no explotarás a tu prójimo, le pagarás lo justo, no cobrarás intereses…”, y así, con una condena abierta a la usura, norma que se hizo más clara cuando el libro sagrado dejó saber que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el ingreso de un archimillonario en el reino de los cielos.

La usura, no obstante, está legalizada hoy por la banca mundial y tiene respaldo de los gobiernos. De todos modos, lo que se ve hoy remontando estos primeros lustros del siglo, es un cambio de tercio en las relaciones de ricos y pobres; las tendencias son ínfimas, pero ejemplares, y ojalá tiendan a convertirse en numerosas, pues una epidemia de generosidad no le vendría mal al mundo.

Ya las patas del camello están al otro lado de la aguja, pero hay que empujarlo, para que pase completo. Miremos:

Richard Branson, presidente de Virgin, la compañía inglesa que controla trenes y aerolíneas, decidió hace ocho años donar las ganancias de su empresa hasta diciembre de 2021: tres mil millones de dólares para combatir el calentamiento global. Branson es invitado de honor en la cena que realiza anualmente Bill Clinton, una especie de Minuto de Dios estadounidense, donde los invitados dejan mínimo 1 millón de dólares para combatir la pobreza en el mundo. El que deje menos es ‘botón de perro’.

La presencia de Bill Gates en las comunidades pobres del mundo, empieza a ser cotidiana. Un día anuncia un programa especial de Windows en Quechua, y otro, aparece regalando escuelas en barriadas míseras. Escuelas completas, con alimentación incluida y salas de computadores.

Madonna sostiene un hogar de 4000 niños en Malawi, labor parecida a la que adelanta Shakira en Latinoamérica a través de su fundación ‘Pies descalzos’.

No hizo mucho el programa de la ONU ‘Levántate contra la pobreza’. La mitad de la población de América Latina vive en la miseria, y más de una tercera parte de la población mundial sobrevive con menos de 1 dólar diario.

Hace una década, el gobierno colombiano reconoció que 6,6 millones de compatriotas se aproximaban a niveles de indigencia y merecían atención inmediata. La estadística mundial es de escalofrío: cada tres segundos muere de hambre un niño en el mundo.

El inicio del siglo, el año 2000, fue tomado por los gobiernos como una bandera de lucha contra la pobreza, y así quedó en manifiesto de la ONU. La promesa, sin embargo, está lejos de cumplirse. Las sequías, la ausencia de tecnología -en muchos lugares de África es más fácil conseguir una botella de Cocacola que un poco de agua- las epidemias y la ausencia total de oportunidades, hacen que el desequilibrio entre ricos y pobres sea obsceno.

Hay que saber cuánto frío sienten los pobres en Nueva York o en cualquier lugar del mundo donde llega el invierno, para entender cuánto agradecían a Venezuela las barriadas negras e hispanas de Harlem, el petróleo subsidiado que les permitía calentarse a bajo precio.
En Cali, el alcalde Armitage repite cada vez que puede que es menester remunerar mejor a obreros y empleados, para encontrar equilibrio social, pero al parecer nadie lo escucha.

Quizá este sea el tiempo en que los camellos empiecen a pasar por el ojo de las agujas.

Sigue en Twitter @cabomarzo

Conecta con la verdad. Suscríbete a elpais.com.co
VER COMENTARIOS