Ospina y la memoria

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Ospina y la memoria

Octubre 09, 2019 - 11:50 p.m. Por: Medardo Arias Satizábal

En el documental “Adiós a Cali”, Luis Ospina puso en cámara esos despojos de una ciudad que huía de su presente, pero no de su memoria.

Casas derruidas, teatros abolidos, calles convertidas en panaderías y centros comerciales, decían adiós a una Cali que permanecía en la retina, con la belleza de otro tiempo, pero que se transformaba de manera acelerada.

Hace poco recorrí calles del sur, tan entrañables para mí. Entonces, como en el documental de Ospina, me dije, habla memoria: “Aquí era Winnipeg, la fuente de soda donde vendían los mejores perros calientes con jugo de mora”. Ahí le mostré a Chalo Rojas mi primer cuento. Acababa de publicarlo el Magazín Dominical de El Espectador, y se llamaba “Son frías las auroras neoyorquinas”, historia de polizones en Buenaventura.

Al frente estaba la casa del Gordo Montoya y al cruzar, una cuadra encantada donde sobraban los muros para charlar en las noches; la casa de Luis Fernando Tascón, Taseche; la esquinera de Iván Olano, la de los Sanín con la presencia de Alvarito, un personaje que respondía a cualquier charla con versos maliciosos, y la casa del campeón de natación Diego Henao. Frente a las piscinas panamericanas, El Yo-Yo, estadero en cuyo segundo piso vivía Oscar López, el jugador del Deportivo Cali.

Si avanzaba por la Avenida de Los Mangos, frente a Winnipeg estaba La Cueva de la Rana donde el viejo Roberto nos acolitaba las pilatunas. Ahí vi llorar de amor por una chica preciosa, la más bella de la cuadra, a la que Palmolive acababa de contratar para un comercial que decía “un rostro Palmolive nunca se olvida…”

Ya en inmediaciones de Alameda, El Recreo, donde repicaba la salsa, tanto como en “Manolete” en la Roosevelt, donde cada noche “Los chupacobres” tocaban una canción que conmemoraba los Juegos Panamericanos: “Víctor es un niño alegre/ lleno de sonrisas/ panamericano es…”, o una bellísima dedicada a Cali, que empezaba diciendo “Copo blanco de algodones/ fruto dulce de la caña/ todo un valle de canciones/ el que llega aquí se amaña…clima ardiente, fresco río, colmena de mil mujeres…”

En la Roosevelt estaba también una discoteca que hacía homenaje a una película de James Bond: “Goldfinger”, junto a la panadería Rey Pan, propiedad de una señora que tenía varias hijas, todas las lindas, y más allá el “Pussycat”, salón de baile donde iban chicas sólo con permiso. La dueña estaba todo el tiempo sentada junto a la pista para evitar cualquier manitanteo. Si el joven se propasaba, ella llamaba a la casa para que la recogieran.

Ahí, frente al Evangelista Mora, nació mi primer hijo.

La última vez que vi a Luis Ospina fue en Nueva York. Iba a estrenar su película “Soplo de vida” y me llamó a casa. Tomé un tren en Connecticut y llegué a Manhattan; el filme se exhibió en una pequeña sala del estudio que realizó la edición. Ospina se echó a reír cuando le pregunté por qué había bautizado “Medardo” a un vejete enamorado protagonizado por Álvaro Ruiz.

No era la primera vez que su filmografía me tocaba. Entrevisté en Cali a Stella López Pomareda, la primera María en la película de la Valley Films de Alfredo del Diestro. Aquel reportaje dio pie para el documental “En busca de María”, en el que el director caleño rescató unos pocos minutos del filme original, el segundo que se hizo en Colombia, después de “Bajo el cielo antioqueño”.

Joaquín Nin-Culmell, hermano de la célebre escritora Anaïs Nin, contó en Cali cómo conoció a Antonio María Valencia en París. Ospina realizó un bello documental; yo, un reportaje.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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