Mejor el delirio

Mejor el delirio

Noviembre 28, 2018 - 11:50 p.m. Por: Medardo Arias Satizabal

De las escrituras anteriores y contemporáneas al Viejo Testamento, desarrolladas hasta una cima muy refinada en Egipto, podemos colegir que el hombre siempre tuvo la necesidad de narrar, de contar algo, y no precisamente de manera objetiva y racional, sino con los adornos propios del detalle y de la imaginación. Es decir, con el ingrediente de lo que hoy llamamos literatura.

Pero, la apoteosis de la narrativa que prefigura desde el hondón de los siglos el relato moderno, lo encontramos sin lugar a dudas en la Biblia, el texto sagrado donde los profetas hablan y escriben por la boca de Dios.

Difícil, en el contexto literario de todos los tiempos, encontrar una síntesis mayor y con arraigo secular en la raza humana, como la que aparece en el primer párrafo del Génesis:

“Dios en el principio creó los cielos y la tierra. La tierra era un caos total, las tinieblas cubrían el abismo, y el Espíritu de Dios iba y venía sobre la superficie de las aguas. Y dijo Dios: ‘Hágase la luz’, y la luz fue hecha, y separándola de las tinieblas, creó el día y la noche…”

Cuatro líneas para resumir el origen del universo; toda una lección de síntesis literaria y periodística. La prefiguración de la medida del ‘twit’, del chat donde sólo caben las palabras precisas.

Cuando a ese edificio granítico de la creación, resumido en tan pocas palabras, se le agregan los pájaros, las flores, el viento, el rumor del mar, el sol, las hierbas que dan semilla, la luna y las estrellas, nace para nosotros la literatura.

Alguna vez el Premio Nobel de Literatura de 1992, Derek Alton Walcott, me decía que los caribeños son como los griegos, y lo explicaba: “El Caribe, en su conformación insular, se asemeja geográficamente a las islas del Egeo. Ahora, las historias que ahí se cuentan, son muy parecidas, emparentadas con el mito, la leyenda. Siempre tuve, desde muy joven, el convencimiento de encontrar en Homero a un gran embustero”, pues sólo alguien dotado de gran imaginación y de tiempo para narrar los asuntos más increíbles, podía pensar en la existencia de gigantes, de cíclopes, de águilas que trasladaban gente de una isla a otra.

En el camino fundacional del relato moderno, el mismo que se imbrica desde la literatura en el periodismo, para ser crónica, debemos hacer el más alto reconocimiento a Don Miguel de Cervantes Saavedra, quien publicara la primera parte de El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, en el primer lustro del Siglo XVII, en 1605.

Pude leer El Quijote después de los veinte años, ya sin la aprensión escolar, y estuve riendo como un loco durante tres años, en el lugar donde me sorprendía la lectura; por la calle, en los parques, en el tiempo libre que dejaba la criba periodística. Nunca entendí por qué un libro que a veces parece un manual de humor, una historia risueña, sin fin, había logrado ser aborrecible en la infancia. La respuesta era sencilla; la gravedad de lo obligatorio, literariamente hablando, hace detestables ciertas obras, ciertos autores, a los que sólo podemos disfrutar años después entre el albedrío del azar, de la libertad.

El Quijote, Alonso Quejana, Señor de Argamasilla de Calatrava, recibía palizas por vivir el mundo ideal del heroísmo, por soñar, como Tirante El Blanco o Amadís de Gaula, con actos gloriosos, con el rescate de viudas y huérfanos y la defensa de los desposeídos a punta de adarga y brazo firme. La metáfora cervantina apunta, sin quererlo, a decirnos que Quijote fue castigado por seguir el camino de la imaginación, de los sueños. Quizá le hubiera ido mejor en el mundo racional, entre asuntos objetivos y realidades planas, pero hubiéramos perdido sus relatos fantásticos, la saga de su vida entregada a esta locura divina que es la transposición de la realidad. Lo que ganó, para nosotros, fue su delirio, no su razón.

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