Manuela y la fiebre

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Manuela
y la fiebre

Octubre 02, 2019 - 11:50 p.m. Por: Medardo Arias Satizábal

Cuando Bolívar entra triunfante en Quito el 16 de junio de 1822, detrás de él venía una tropa que pugnaba por mostrarse digna, al menos en su aspecto, como con el deseo de ocultar la saña de la refriega. Él, no obstante, galopaba pulcro en su uniforme de general; temprano en la montaña se había lavado con agua caliente que le apuraron en jofainas unas indias bautizadas.

Un trote lento lo llevó por el camino de Cotocollao entre los vítores de la multitud. Desde un balcón bajo, una pequeña mujer mestiza, con mejillas de piel de durazno, le alcanzó una flor. Tenía el bozo incipiente de las indias blancas y una mirada encendida, como arrebatada por el amor. Era Manuela Sáenz Aizpuru, hija de hidalgos, casada con el médico inglés Jaime Thorne y aburrida entre las paredes frías de su casa.

Manuela andaba siempre con una criada afroquiteña llamada Jonatás, -se asegura hoy que quizá procedía de la zona costera de Esmeraldas o Tumaco- la misma que cuando empezó el amorío con el Libertador, le aparejaba el caballo y cuidaba que llevara siempre sus dos pistolas al cinto y su sombrero de quiteña de alta cuna. Había sido educada en el convento de Santa Catalina, de donde se hizo raptar por el oficial Fausto D’Luyer, quien, así lo refiere la historia, la devolvió a cantar maitines cuando descubrió que no podía darle un hijo.

El escritor nariñense Carlos Bastidas Padilla, en su libro ‘Boyacá: senderos de gloria’, en el que recoge episodios y anécdotas de la historia de Colombia desde 1810 hasta la muerte de Bolívar, dice en este volumen que celebra el bicentenario: “La boda de Thorne y Manuela fue en 1817. Fue como si se hubiese enlazado el fuego con el hielo. Ella quería amar y ser amada intensamente. Y llega el general Bolívar a Quito: heroico, osado, soñador, romántico, sensual, alegre, lanzado y voluptuoso; nimbado por la gloria, bailarín y loco: el más grande hombre de América, y eso que aún faltaban Junín y Ayacucho. Se fue con él en su carro de fuego…”.

Lo de bailarín nunca se le discutió a Bolívar; en las cortes europeas brilló por su animosidad con la pavana, una especie de bachata de la época, en la cual, dicen, era un maestro.

Carlos Bastidas reproduce en este libro la carta con la que Manuela despide a su esposo de una manera brutal, irónica, en un lenguaje que confirma la sentencia de Cervantes, cuando afirmaba que el amor “tira más que una yunta de bueyes”:

“No, no, no, no más, hombre, por Dios basta. Vamos, ¿qué adelanta usted, sino hacerme pasar por el dolor de decir mil veces no? Señor, usted es excelente, es inimitable. ¿Usted cree que yo después de ser la querida de este general (Bolívar), por siete años y con la seguridad de poseer su corazón, prefiera ser la mujer del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo o de la Santísima Trinidad? Yo sé que nada puede unirme a él bajo los auspicios de lo que usted llama honor. ¿Me cree usted menos honrada por ser él mi amante y no mi marido? ¡Ah!, yo no vivo de las preocupaciones sociales, inventadas para atormentarse mutuamente.

Hagamos una cosa: en el cielo nos volveremos a casar, pero en la tierra no. En la patria celestial pasaremos una vida angelical y toda espiritual (pues como hombre usted es pesado). Allá todo será a la inglesa, porque la vida monótona está reservada a su nación (en amores, digo, pues en lo demás, ¿quiénes más hábiles para el comercio y la marina?). El amor les acomoda sin placeres, la conversación sin gracia, la chanza sin risa; estas son formalidades divinas, pero yo, miserable mortal, que me río de mí misma y de estas seriedades inglesas, ¡qué mal me iría en el cielo! Tan mal como si me fuera a vivir a Inglaterra o a Constantinopla, pues los ingleses me deben el concepto de tiranos con las mujeres, aunque no lo fue usted conmigo, pero sí más celoso que un portugués…”.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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