Los sables de Chile

Los sables de Chile

Septiembre 05, 2018 - 11:50 p.m. Por: Medardo Arias Satizabal

En 1964 como subdirector y profesor de geopolítica de la Academia de Guerra chilena, el capitán Augusto Pinochet Ugarte lamentaba todavía el naufragio del Olav Baker frente a Buenaventura.

Un poco más de un lustro antes, la motonave noruega encalló y se partió en Negritos, llevándose al fondo del mar una panoplia completa del ejército chileno, la misma que se esperaba ahí para ceremonia de graduación: sables y floretes fraguados en Toledo.

Fue el momento también en que Buenaventura se llenó de pelotas de caucho, un cargamento que por su liviandad pudieron extraer los buzos locales para vender a tres por cinco en los mercados del puerto. A pulmón bajaban los buzos, con un cuchillo en la boca, para rescatar algo del vapor. Baudilio, fontanero en mi casa, decía que había logrado sacar varias máquinas de escribir y un Cristo de tamaño natural que terminó en un templo de Lima.

“Los sables venían enfundados en vainas de cuero, cosidas con el mismo material, con el escudo de Chile y rematados en la punta por una borla de acero. Mi padre los compró y estuvieron mucho tiempo en casa, hasta que la Embajada de Chile hizo gestiones, viajaron a Buenaventura y pudieron rescatar algunos”, recuerda ahora Fernando Orozco.

Su padre, Alcibíades Orozco Jaramillo, había nacido en Rionegro, Antioquia, y se crió en El Líbano, Tolima. Fue uno de los primeros comerciantes prósperos de Buenaventura, propietario de la Casa Orozco y del Quiosco Santander. Vendía también agua del río Pepitas y provisiones para la Armada colombiana y la Flota Mercante.

El naufragio del Olav Baker fue el último gran suceso de este orden que se presentó frente al puerto, después de la tragedia del Tritonia el 28 de febrero 1929, cuando los oficiales Alexander Johnston y William Hall llevaron el barco al lugar más lejano del malecón para que estallara sin causar daños a la población. Curiosamente, el Tritonia traía también dinamita para el gobierno chileno.

El Olav Baker se fue a los limos marinos con vehículos Volkswagen y Citröen que venían para las Empresas Municipales de Cali. El capitán, oficiales y marinos, debieron quedarse por cuenta del gobierno noruego en el Hotel Estación. Sólo tenían un grave problema: nadie en el puerto hablaba noruego. Alcibíades Orozco vino hasta Cali para llevar a Buenaventura a Pipper, el primer noruego que vivió por estos lados, propietario de un sitio muy visitado en el kilómetro 18, donde los caleños iban los fines de semana a bailar con orquesta y disfrutar de pastelillos de carne con mostaza noruega y embutidos.

Sus pasteles eran de miga de pan, pimienta, carne y mostaza, algo que Pipper había aprendido en sus días de trinchero de cocina en el barco que lo dejó en Panamá. Fue de gran alivio para los náufragos noruegos y rápidamente se enfrascó con ellos en animadas charlas regadas con cerveza. Pipper era campeón de lucha libre, y aquí se enfrentó con Fantomas, El Puma y El Tigre Colombiano. “Pipper podía pesar 120 kilos, 1,90 de estatura. Alumbraba de lo rubio. Lo trajeron unos empresarios después de un combate con un luchador colombiano en Panamá. Dicen que por poco lo mata. Debe tener hoy 96 años; vive todavía en Jamundí donde hace su famosa mostaza y sus pastelillos por encargo”, anota Fernando Orozco.

Este personaje de la historia de Cali, tuvo también una de las primeras sifonerías de la ciudad, en el sótano del Hotel Nueva York, contiguo a la Plaza de Cayzedo. En su sitio del 18 guardó siempre, como recuerdo, algunos remos de las barcas de salvamento del Olav Baker, tanto como Alcibíades Orozco, quien fundó hace 56 años el restaurante El Corzo, con ojos de buey de la embarcación y un pequeño cuadro de la cámara de oficiales de la nave.

Un bote de salvamento estuvo por muchos años en el Quiosco Santander de Buenaventura. Se perdió ya, como los cañones del Parque Bolívar, en los médanos del tiempo.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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