Las bellas palabras

Las bellas palabras

Junio 23, 2011 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

‘Querétaro’, una palabra que en lengua Otomí traduce ‘Isla de las salamandras azules’, acaba de ser declarada como la más bella del idioma español, no tanto por su eufonía, sino por lo que traduce.Esta decisión quiere aproximarse también a las lenguas nativas de América, expoliadas y arrasadas durante la guerra colonizadora. En ese camino, deberían dar reconocimiento al habla de los Waunanas de la Bocas del Río San Juan, quienes, para expresar ‘fuerza’, tienen la hermosa palabra ‘cucatarrao’.Cuando un nativo de esa zona limítrofe con el Chocó, se despide, dice sólo ‘Au Chirima’; no sé si sea expresión más bella que ‘adiós’, pero su musicalidad toca la distancia, el viento necesario entre una persona y otra, la idea de separación.Para Álvaro Burgos Palacios, la palabra más bella del español era ‘campana’; así bautizó su columna. Hay palabras con brillo, como ‘azul’, ‘bermellón’, ‘turquesa’, y también algunas que son terapéuticas y sólo nombrarlas atrae una connotación de caricia; ‘diáfano’, ‘balsámico’, ‘eucalipto’, ‘sobijo’, ‘masaje’, ‘mullido’, ‘terciopelo’.Alguna vez el poeta Pablo Neruda se encontraba en un hotel de Malasia, preocupado por no tener tinta; en aquel tiempo, primera mitad del Siglo XX, no era común, como ocurre hoy, que los porteros, bedeles o recepcionistas de Asia hablaran o entendieran algo de inglés o español. Hizo todas las musarañas que pudo para expresarle al ‘coolie’ que requería tinta para un poema urgente. Dice Neruda en sus memorias, que después de casi una hora de infructuosa dramaturgia, el joven exclamó: “¡Tinta!”, y fue de esta manera como supo que ese líquido verde y viscoso, con el que escribió sus Veinte Poemas de Amor, se llama igual en español y en malayo.Hay palabras que pueden ser seleccionadas también dentro del juego maniqueo de la manipulación emocional y la política, tales como ‘patria’, ‘madre’, ‘amor’, ‘hermano’, ‘gracias’.Otras, como las quechuas, llevan una acción implícita en sí mismas, verbigracia la muy conocida ‘Achuchay’ en Nariño, que traduce ‘frío’, ‘tener frío’ o, para manifestar que un bebé ha cogido algo sucio y debe soltarlo, ‘Tatay’, o ‘chachay’. Hay otras que hacen fila para ingresar al torrente del idioma, y que son hijas de la ternura, como ‘apapacho’ y ‘arrumaco’. La primera, trae abrazos de por medio, con mimos, y la segunda, infiere sábanas compartidas, ciertos rincones del lecho.En el Pacífico colombiano, tenemos todavía expresiones ladinas, como ‘¿quién te trujo?’ (cómo llegaste), y ‘¿cuyo hijo es?’ (quién es tu padre o tu madre).Particularmente, me gusta ‘frangipan’, el nombre de una flor que abunda en ciertos jardines del norte de Cali; ‘lapislázuli’, la piedra que fue traída a España desde Afganistán, para los palacios nazaríes, roca azul a la que se le confiere un carácter sagrado. También me gusta ‘salmorejo’, de uso común en Puerto Rico, para definir un escabeche, un cocido de verduras con pescado o langosta.U otras que llaman destinos; ‘Portobelo’, ‘Zanzíbar’, ‘Paramaribo’; o palabras para saborear como ‘piñuela’, ‘corvina’, ‘chautiza’.Cuando abrimos un diccionario nos damos cuenta que nos iremos del mundo con miles de palabras sin usar; así como no alcanzaremos a leer todos los libros, las que esperan en el torrente antiguo y moderno, quieren que alguien las nombre para empezar a existir Las que dejamos de pronunciar, ya empezaron a desaparecer: ‘Badana’, ‘alhóndiga’, ‘camafeo’, ‘escolopendra’.

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