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La papa y la ira

Mayo 19, 2021 - 11:50 p. m. 2021-05-19 Por: Medardo Arias Satizábal

Las hay pardas, con la cáscara que viene de la profundidad de la tierra tocada por los halos que hacen germinar el campo, hermanas de otras amarillas, pecosas, con una envoltura que guarda una pulpa caliente parecida al algodón, fragante como el perfume que viaja por las cementeras y hace rebrillar entre los surcos a las rayadas por el sol con un vibrante rojo, como de fuego apagado.

¿De dónde vienes?, me preguntaron cuando conté esta historia, y era casi imposible de creer que tanta hermosura acudiera a la humilde papa. “De Colombia”, dije, y quizá lo más aproximado en textura y fragancia que ustedes puedan tener aquí, es la “Russet” de Idaho. Esta región es como el Nariño o el Boyacá de los estadounidenses; se dan el lujo de tener una papa parecida pero no igual a la nuestra en tamaño y sabor, aunque comercian bien una pequeña, parecida a la criolla colombiana, con un color púrpura encendido en su interior. Es la papa de los románticos; solo se lava y se sofríe cruda con cebolla y ajo.

Para mí, uno de los placeres más gratos es estar en una plaza de mercado en medio de los colores de todas las papas que produce la tierra colombiana. Sentir su cercanía me ennoblece y me permite pensar, aunque más nada se vislumbre en la alacena, que somos ricos. Este pensamiento me lo confirma ver en la historia pueblos que casi perecen, como el irlandés, por la carencia de papa. La “Great Hunger”, o Hambruna de la Patata empujó a emigrar a miles de irlandeses hacia Estados Unidos en 1845.

Uno de los primeros poetas en celebrar la papa fue Pablo Neruda. En su canto a las cosas sencillas que acompañan nuestras vidas, las Odas Elementales, dijo de ella: “Chisporrotea en el aceite hirviendo, la alegría del mundo, las papas fritas, entran en la sartén como nevadas plumas de cisne matutino y salen semidoradas por el crepitante ámbar de las olivas…”

Hace solo tres meses un amigo me llamó para ofrecerme, casi de regalo, un bulto de papas. Me expresó que solo debía aportar lo que a bien tuviera y me dio la dirección exacta para reclamar tan preciado don: “Por la veinticinco, justo al lado del pasonivel, por donde otro día cruzaba el tren”. Campesinos venían a Cali a tratar de comerciar un producto de cosecha pródiga, pero “no había quien la comprara…” La papa, de pronto, estaba a un bajísimo precio o regalada.

Con la crisis social que ha vivido el país en los últimos días, papa y plátano desaparecieron de pronto de la dieta. “Se consiguen, sí, pero la libra está a cinco mil y a cinco mil quinientos”, me dijeron. Me arriesgué y pedí dos quilos por domicilio. Solo ayer pude verlas en su exacto contexto, y me dice cuenta que la tierra, como nosotros, sufre con el desequilibro emocional colectivo.

Advertí en ellas unos accidentes desconocidos, una apariencia que me hizo confundirlas con ñame o camote. Estas papas llegaron a mi casa después de un viaje tortuoso por las carreteras de Colombia; escucharon gritos de ira, soportaron largas esperas antes de ver el alba, recibieron el humo de las llantas encendidas, el clamor de gente, la detonación de tiros, gases lacrimógenos, el sonido explosivo de unas hermanas iracundas: las papas bomba.

Es por ello que tienen este aspecto inamistoso que ojalá no haya contaminado su sabor; pero si bien ves, todo lo que viene del campo tiene ahora este aspecto desabrido; los bananos maduran precozmente y no saben igual, como las zanahorias, el brócoli o las cebollas.
Los budistas creen que todo está animado y es posible en las mañanas entablar diálogo con una lechuga, inquirir a la piña o a la papaya por sus azúcares recónditos.

Esperaré pacientemente a que se aclare el cielo, el día sin el rumor de aviones o helicópteros de guerra, sin gritos que hagan sufrir la cosecha en los caminos. Solo entonces, como Neruda, veré la alegría del mundo en el chisporrotear de las papas fritas.

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