Fellini y el circo

Fellini y el circo

Octubre 31, 2018 - 11:50 p.m. Por: Medardo Arias Satizábal

‘Roma’, una de sus películas de tierra firme, se convirtió en una de sus grandes hazañas experimentales. Dejó que la cámara viajara por las cloacas de la antigua ciudad, como para develar sus nervios, sus venas, sus secretos más hondos.

Planteó ahí la posibilidad del ‘cine desde el cine’ para dejar al descubierto, dentro de una trama prevista en varios niveles de lenguaje, los antecedentes técnicos del rodaje. Así, el lente recorre las calles como una morsa equipada para dar gran precisión a los planos, bajo lluvias torrenciales o bajo tierra, junto al cincel de los arqueólogos.

Así visitó las termas, ese lugar donde la ciudad lavaba diariamente sus culpas. La cámara capta el momento en que un fresco se esfuma de la piedra al contacto con el aire, mientras arriba las motocicletas ensayan un vértigo en torno a las ruinas del coliseo. El mundo antiguo que ora y musita desde el vientre del tiempo, y la modernidad con sus rayos de luz sobre la piedra mordida de la historia.

“El cine se parece mucho al circo”, afirmaba Fellini. Siempre dijo que le hubiera gustado ser director de un gran circo porque “representa, justamente, esta mezcla de técnica, de precisión e improvisación. Al mismo tiempo que se desarrolla el espectáculo, preparado y repetido, se arriesga algo; es decir, simultáneamente se vive…”.

Su obsesión por el mar está dada desde el origen de su arte. Había nacido en la costa adriática, en Rimini, un 20 de junio de 1920. De familia acomodada, desde muy niño se aficionó con pasión a la historia del arte. Siempre recordaba cuántos dolores de cabeza le habían causado las matemáticas, a las que despreciaba. Aún adolescente recorría puertos y ciudades como caricaturista, en malecones, en parques y en cafés. Se situaba inopinadamente delante de alguien que elegía al azar y en pocos minutos iba trazando con su lápiz los rasgos de quien al verse tan fielmente retratado ponía unas liras en su boina.

El periódico ‘420’ de Florencia lo invitó a trabajar en la sala de redacción, y así Fellini se convirtió en corrector de pruebas e ilustrador. En ese momento deseaba, con fervor, ser periodista. Pero en Roma el diario ‘Popolo di Roma’ contribuyó a quitarle ese sueño. Llegó ahí con el deseo de escribir grandes reportajes, pero el jefe de redacción lo destinó inicialmente a cubrir sucesos no muy célebres, sin ningún glamour: debía registrar diariamente en las páginas la muerte de canes vagabundos.

Había sido destinado a la sección de Perros Aplastados en las calles. De haber perseverado en ese género sólo apreciado en un diario italiano, se habría convertido quizá en el decano de un estilo periodístico; con la opción de realizar hacia el futuro una película de ciencia ficción con escenario natural en Cannes.

En su carrera fueron decisivos Roberto Rossellini, Pietro Germi y Alberto Lattuada. Aunque estuvo encantado con las propuestas del Neorrealismo en el segundo lustro de los años 40, el sello de su personalidad fílmica se notaría desde ‘Luci del varietá’, su primer rodaje.
Ahora que el cine se ha banalizado, es justo recordar a Fellini, el último de los grandes clásicos para quien el celuloide era ante todo un alimento, una necesidad vital, como respirar o amar.

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Existe malestar en la ciudad por la realización de una Feria del Libro que desconoce a los autores locales -con la excepción de la carpa de escritores vallecaucanos- y sólo los invita como ‘teloneros’ de escritores de relumbrón traídos de Bogotá o Medellín. Me negué a ser telonero de un escritor a quien no conozco, para cuyo acto fui invitado “por tener una temática novelística muy parecida a la suya…”. No sólo debía cargar con el ‘honor’ de ser presentador de un escribidor anónimo, sino que además la Feria no me reconocía honorarios. “Porque plata no hay, la Feria no dispone de recursos…”.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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