En la Roosevelt

En la Roosevelt

Julio 10, 2019 - 11:50 p.m. Por: Medardo Arias Satizábal

No está en Bogotá; ni siquiera en la montañosa Medellín o en la Cali de músicas dispersas. Es la avenida colombiana más larga del mundo en Nueva York, en el condado de Queens, bajo el estrépito ferroso del tren número siete, entre la calle 69 y la 90 de Elmhurst.

Hasta mediados de los cincuentas y comienzos de los 60, este lugar, otro día suburbio habitado por pakistaníes y otros migrantes de Asia, fue dando paso, lentamente, al comercio generado por asentamientos latinoamericanos que buscaron mejores aires en las inmediaciones de Queens. Así, lentamente, el vecindario de Bangladés, Corea y Filipinas, se hizo mayoritario en los alrededores de Kissena Boulevard y Jamaica, y al comenzar la década del 70 ya Roosevelt Avenue había sido ‘tomada’ por latinoamericanos, mayoritariamente colombianos.

Aproximadamente 460 mil colombianos viven en el condado de Queens, densidad que se compara, aproximadamente, con la población de Pereira. Al igual que otros grupos de inmigrantes lograron establecer aquí, con el correr de los años, una comunidad autosuficiente en sus opciones vitales; escuelas, restaurantes, teatros, agencias de viajes, tiendas de música, grandes supermercados con productos nativos de Colombia y otros lugares del sur de América. En Natives, un lugar emblemático colombiano, los tríos iban de mesa en mesa cantando ‘Las Acacias’, frente a un mostrador con los aguardientes de todas las regiones. En su auditorio se daba cabida a grupos de danza y teatro. Se presentó ahí una versión de ‘A la diestra de Dios Padre’, en el montaje que hiciera Enrique Buenaventura, con la actuación magistral de Jorge Herrera.

Queens tiene ese aspecto añil de un lugar que tuvo mejores tiempos y cayó en un lento abandono. Ese antiguo esplendor lo delata su arquitectura. Un paisaje parecido al de la noche de Santurce en Puerto Rico, con los viejos neones de teatros abandonados, convertidos hoy en iglesias cristianas. Una atmósfera que habla de esa modernidad que tocó al Caribe y sus migraciones en la segunda mitad del Siglo XX. Existe aquí una infraestructura que permite el bienestar cerrado del ‘ghetto’ a quienes viven en sus alrededores. Jóvenes que vienen de Zarzal, de Cartago, o de Cali, siguen viviendo, de cierta manera, en sus lugares nativos. Aquí se habla solo español y en la tienda de la esquina con servicio de 24 horas, siempre hay avena, buñuelos y pandeyuca.

Es también lugar de encuentros. Uno sale por ahí, al azar, y de pronto ve pasar a personajes que hace tiempo dejó de ver en Cali. Por ahí caminaba en otros días el popular locutor Ben Hur Lozada, en compañía del hijo de Héctor Lavoe que ofrecía un libro sobre la vida de su padre, o el trompetista Alfredo ‘Chocolate’ Armenteros, quien venía desde ‘El barrio’, junto a La Marqueta. La Roosevelt habla de los acentos propios de toda América Latina; la del obrero recién llegado que busca trabajo, la del niño indígena dormido en el regazo de su madre Otavala.

Entrar en la avenida es también avanzar hacia la Colombia profunda que se dejó atrás. Por las esquinas no solo se escuchan cumbias y porros, entre el humo de barbacoas con pollo y carne asada, sino que, a la manera de los mercados informales que pueden encontrarse en cualquier ciudad del sur, se ven vitrinas con arepas, chorizos y tamales, y el famoso bombillo vigilante adentro. Un Nueva York raro, por lo menos sorprendente.

Si usted quiere una fiesta con vallenatos, hay más de cinco grupos a la espera, sentados a la puerta de bares colombianos; también se ofrecen pipas orientales con sabor a frutas. Los acordeones van ahora entre los restaurantes griegos que traen turistas a Queens. Aquí Diomedes Díaz vuelve a cantar entre parrilladas de pulpo al ajo: “Caramba esos muchachos sí se quieren…”. Así es Roosevelt, la avenida colombiana más larga del mundo…¡en Nueva York!

Sigue en Twitter @cabomarzo

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