El veterano

El veterano

Junio 21, 2018 - 06:58 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Eran los últimos días de la primavera, ese momento en que Manhattan empieza a oler a frutas descompuestas ante el bochorno de los primeros días del verano. Los manhanittas leen los diarios en los porches, sin camisa, y desde el Hudson sopla una brisa que barre los grandes muelles y refresca las calles al atardecer.

Había decidido quedarme ahí por cinco noches para despedirme de ciertos lugares, después de enviar mi casa a Cali en 70 cajas de barril por vía aérea. Elegí un hotel que se veía muy querido en Internet -hasta frutas y flores en la habitación-, pero, debo decirlo, es el lugar más cutre que he visitado en toda mi vida. Me gustó también por su nombre, ‘Riverside’, como la orquesta. Estaba en Manhattan, sí, pero en una zona de factorías y bodegas, con toda la tubería a la vista, cruzando pasillos y habitaciones. Pero bueno, qué más quería por ochenta dólares la noche. Me serené y me eché a la calle a despedirme de Nueva York, con el único indumento que llevé; un jean, un par de tenis y un blazer que, para mi sorpresa, tenía todavía en la solapa la medalla ‘Eustaquio Palacios’, con la que me había distinguido el Círculo de Periodistas del Valle, en un viaje reciente a Cali.

Como en esa ciudad a nadie le importa cómo vas vestido, dejé la medalla en su lugar y busqué un sitio para desayunar. Por las calles, los viandantes me observaban con curiosidad y me azoré un poco al sentirme inspeccionado, ahí justamente donde “anadieleimportacómovasvestido…”. Supe de qué se trataba cuando una anciana de flor en el sombrero me detuvo para felicitarme. Me confundían con un veterano de guerra. Por esos días bajaban de los portaviones miles de soldados provenientes de Afganistán, y en las calles y en los bares había jaleo de uniformes y risas dispares. Miré en Internet la condecoración ‘Púrpura’ que reciben los soldados por su valor en las guerras estadounidenses, y claro, la ‘Eustaquio Palacios’ era muy parecida; de ahí esos visos de heroísmo que de pronto me habían llegado por las calles de Manhattan.

El asunto de película empezó en ese restaurantito de la zona de Amsterdam, donde la obsecuencia de los meseros me indicó, por sus gestos y amabilidad, que estaban muy complacidos de atender a un veterano de guerra, condecorado además por su valor en combate.
Me senté en silencio a postear las últimas cartas con una buena provisión de estampillas, y de pronto tenía a mi lado al cocinero, un mexicano al que le habían llevado ya la noticia que un héroe estaba en el lugar.

Me dije: no pedí estar en este filme; sólo decidí salir a la calle con mi medalla. El chef me miraba con tanta admiración, que no fui capaz de desengañarlo. Tímidamente me preguntó: “Perdone, sé que es veterano de guerra y fue condecorado… no quiero ofenderlo pero cuénteme una cosa: ¿Mató mucha gente?”. Ya empoderado de mi papel, le dije: “Te voy a decir la verdad; no lo sé. Yo le disparaba a lo que se moviera…”.

Abrió los ojos más de lo normal y regresó a la cocina. Yo lo observaba desde mi mesa. El mexicano cuchicheaba con los pinches, señalaba, y el resultado de todo aquello, fue que pronto tuve en la mesa un banquete que no sólo era desayuno, sino también almuerzo y comida.

Me dieron alimento como a niño huérfano, como a hijo de cocinera. En los días siguientes la atención se repitió; no todos los días llega a un pequeño restaurante de Manhattan un héroe de guerra nativo de Buenaventura. El único, hasta hoy, Miguel Carvajal, condecorado en Vietnam.

En esos días previos a mi regreso a Colombia, decidí no retirar la medalla de la solapa del blazer. Ocho años después, todavía sigue ahí, como recuerdo de los días en que fui atendido en Nueva York como un bravo soldado que regresa a casa. Esta medalla del CPV tiene doble valor; exaltó mi vida dedicada al periodismo, y le alcanzó para inventarme un campo de batalla en el que nunca estuve.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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