El traidor Snowden

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El traidor Snowden

Julio 11, 2013 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizábal

Desde que el mundo existe, son reales las sociedades secretas, policivas, religiosas o empresariales, destinadas a preservar algún tipo de poder, formas de conservación y manejo, algunas de ellas encargadas de la seguridad de Estados, guardianas de normas para impedir la delincuencia, el terrorismo, el ataque a grupos altamente sensibles de una determinada nacionalidad.Así, para el mundo no es ajena la existencia del Scotland Yard, de la KGB, la Gestapo, la DEA, el FBI, la CIA, el Mossad.El escándalo producido en el mundo por el joven Edward Snowden, otro día técnico de la CIA, es alimentado hoy por los gobiernos comunistas para desacreditar a Estados Unidos, país que lo solicita, de manera legítima, para juzgarlo, por el delito de alta traición, conspiración y espionaje.Se necesita ser tonto para no entender, antes de Snowden, que Internet y las redes sociales, así como las telecomunicaciones, son recursos tecnológicos controlados y vigilados, desde su origen, por los cuerpos de seguridad de los Estados Unidos. Quien no haya estado convencido de esta verdad, o al menos no la haya intuido o sospechado, merece vivir en “Neverland”, en la tierra de Nunca Jamás, junto a Peter Pan y Campanita.Internet fue inicialmente un invento del cual se sirvió el ejército de los Estados Unidos. Quedaban así, muy atrás, los telégrafos, los radioperadores, el marconigrama, los teletipos, el fax. La verdadera revolución, qué duda cabe, de estos tiempos posmodernos, es el Internet, la genuina hechicería al alcance de la mano, la que permite comunicarse en segundos con París, New York, Cafarnaum, en tratos directos, por “skype”, persona a persona.Pensar que esta maravilla de la cual se sirve hoy la humanidad entera, excepto en las naciones comunistas donde se ejercen controles severos a usuarios y sitios de Internet, ha estado libre del control de sus inventores, es pensar que todavía a los perros los amarran con longaniza.Me pregunto qué es más obsceno: si controlar de manera prudente y clasificada a sospechosos de terrorismo, como lo acaba de denunciar Snowden, o impedir, como en Cuba, Venezuela, Nicaragua, Bolivia y otros satélites de un prehistórico mamertismo, el libre flujo de comunicaciones. Informes de prensa aseguran que en La Habana, los cafés Internet son prácticamente para turistas; el gobierno ha puesto ahí altos precios, inalcanzables para los isleños.Estados Unidos o cualquier otra nación civilizada del mundo, no puede permitir que ocurra, otra vez, un atentado criminal como el del 11 de septiembre de 2001, cuando aviones con pilotos suicidas reventaron el corazón de Nueva York, con un saldo de miles de muertos y heridos.Dar protección a delincuentes parece ser la nueva consigna de la alianza mamerta latinoamericana. Por la misma razón, el presidente boliviano acaba de protagonizar un suceso de película en cielos europeos. Legalmente, ninguna nación civilizada puede dar pista a un avión donde, se sospecha, viaja un terrorista. Snowden lo es, cuando pretende ser juez y parte. Quien se hace miembro de la CIA no puede salir al otro día a irse de rositas, como una hermana de la caridad. Así las cosas, debe esperarse que mañana los mormones vayan a los diarios a revelar cuánto dinero guardan en los bancos de Salt Lake City, y los masones llamen a los diarios para decirle al mundo cómo opera su fraternidad, desde hace siglos.Snowden es un traidor; traicionó la confianza del más alto organismo de seguridad de su país, con la excusa de seguir un comportamiento ético, en favor de la humanidad. Precisamente desde el corazón de una organización donde el asunto moral no es determinante. ¿Cómo llegó ahí?

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