El secreto de Amy

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El secreto de Amy

Enero 13, 2021 - 11:50 p. m. Por: Medardo Arias Satizábal

(Esta es una historia verídica).

La vio venir bajo el cerezo calcinado por el hielo, con las botas amarradas debajo de la rodilla, un sombrero arrasado por los inviernos, un maquillaje digno entre las arrugas y un bulto de periódicos bajo el brazo.

Victoria, mesera hondureña en este café de corredores de bolsa en el bajo Manhattan, sabía que la llegada de aquella señora que arrastraba también una enorme talega en la que portaba todas sus pertenencias, era motivo de disgusto entre sus compañeros atareados por atender a los caballeros que parecían llevar en su ceño el toro símbolo de la calle Wall.

Ninguno de ellos quería darle servicio a esa típica representante de las ‘Bag Ladies’ (Señoras de la Talega), tan cantadas en los romances líricos de Broadway, por ser ellas las que llevan en su humanidad la miseria y el olvido de las calles. Muchas de ellas, como todos, tuvieron ilusiones, sueños, pero una tormenta las revolcó y ahora duermen en los refugios del Ejército de Salvación, buscan las estaciones del metro para calentarse en los inviernos, y se peinan delante de un pedazo de espejo.

Victoria recuerda; no sabía si era el aspecto mismo de Amy, que así se llamaba la mujer, su hedor, mezcla de resinas callejeras, o su desparpajo al sentarse entre el aroma de rosas frescas de esos tiburones que diariamente salía a comerse el mundo, lo que espantaba a sus compañeros. Ella decidió atenderla cuando atisbó la bondad en sus ojos azules ya maltratados por la calle; parecía tener afán de afecto, de diálogo.

“A la segunda vez que vino me pidió que el chocolate no estuviera demasiado caliente y ordenó galletas escocesas. Por el ademán lento, elegante, al llevarse el pocillo a los labios, supe de sus costumbres; me di cuenta que tras de ella había una historia desconocida…”, recuerda Victoria.

Poco antes del derribamiento de las torres Amy llegó por tercera vez al café y un cambio extraño se había operado en los meseros. Corrían en enjambre para atenderla. Ella los miraba en silencio y esperaba a Victoria. La razón de esa transformación de quienes ahora se mostraban solícitos, tenía que ver con la propina que había dejado para la hondureña en su última visita: un billete de cien dólares.

Victoria y Amy sellaron por un tiempo una relación que parecía de madre e hija, para el asombro de los contertulios. Dejaba su bolsa mugrienta a un lado, y le contaba de su vida disipada en la California de los años 60, de cómo había visto en una ocasión al poeta Allen Ginsberg en el campus de Berkeley; “Declamaba y bailaba al tiempo como si brincara sobre brasas calientes...”. Apenas adolescente, se fue de casa detrás de una pandilla que repartía flores en las calles, se ungía con perfumes de cannabis y prometía un mundo de amor y paz. Victoria supo también que Amy había perdido su esposo en Vietnam.

Con las propinas, Victoria logró traer a su hija desde Tegucigalpa y pudo por fin cumplir uno de sus más anhelados sueños, el de hacer el crucero que partía de Battery Park a Las Bahamas, por solo US$50. Era el verano de 2002, cuando muchos pobres y obreros de Nueva York pudieron por fin darse unas vacaciones con orquesta a bordo. Después del desastre del 9-11, con el temor a viajar en barco o en avión, los cruceros abrieron sus camarotes a bajo precio para pagar al menos el mantenimiento.

El secreto de Amy solo lo supo Victoria. Con 1 dólar, ella había ganado más de 6 millones en la Lotería de Nueva York, tenía una casa espléndida en Long Island, pero había decidido continuar viviendo como una habitante de la calle “para conocer más de la naturaleza humana...”.

Cuando las torres se hicieron polvo en el asfalto, el café también desapareció. Victoria nunca más vio a la millonaria vagabunda y todavía parece buscarla entre las mujeres solas que arrastran su bolsa de tristeza y olvido por las calles de Nueva York.

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