El hijo de don Luis

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El hijo de don Luis

Julio 25, 2013 - 12:00 a. m. Por: Medardo Arias Satizábal

Yo no sé si en otros países tienen la misma originalidad y emoción –casi fervor- para transmitir una vuelta ciclística, pero estoy convencido que en Colombia podríamos dar cátedra a la hora de cantar los triunfos de un coterráneo. En el mundo del ciclismo existe una escuela en ese campo; recuerdo a Don Carlos Arturo Rueda C., un costarricense que paralizaba al país en tiempos de la Vuelta a Colombia, y se permitía describir los paisajes con perlas de este tenor: “¡Cochise gana el Alto de Minas, y no le hacen cosquillas los espantos de los abismos, no lo amilana la neblina, este hombre está hecho de acero…!”Otro locutor, argentino, Julio Arrastía Bricca, “el viejo macanudo”, conocía todas las ventas del camino; sabía dónde amasaban las mejores arepas, dónde estaba el buen pandebono, dónde el mejor tinto. Llegaba a los pueblos embarrado hasta la cachucha, y transmitía detrás de unas gafas de ciego, también salpicadas por el fango de las carreteras. Podríamos decir que existe un género en este tipo de transmisiones; otro aporte hizo desde la hípica el también argentino Gonzalo Amor quien deleitaba a los apostadores del 5 y 6 con el galope de Balalaika, Triguero, Tarzán y Hierbabuena, además de un potro llamado Pintuco, que también quedó en la historia.Hace años no me sentaba a ver y escuchar una carrera como la que acaba de culminar en París con las glorias de Nairo Quintana, el joven de 23 años, 57 kilogramos de peso, 1,67 de estatura, cuya patria chica se la disputan tres municipios de Boyacá. El sábado pasado pude verlo, mis hermanos aseguraban que es el nuevo Lucho Herrera. Quintana, a quien llaman hoy el “King” Tana, superó con creces mi expectativa; lo aplaudí a rabiar y sentí ese hormigueo propio del fervor patriótico, cuando lo vi alzar trofeos en el Arco del Triunfo.No sé hasta dónde es cierto, pero un taxista aseguró que el nacimiento de Quintana fue providencial. “Su madre pensaba que estaba muerto en el vientre, porque no sentía nada; tenía el ombligo frío; pero Nairo nació, muy chiquito y bajo de peso”. Cuando entró a la escuela recorría a diario 8 kilómetros de ida y venida en su primera bicicleta. No hay nadie más parecido a Colombia que este joven; en la pureza de sus rasgos indígenas, es serio, humilde, sencillo y fuerte. Lo que acaba de hacer en Francia, merece todos los honores.La transmisión de Luis Escobar, de Señal Colombia, recuperó para estos tiempos, en el lenguaje, algo de ese perdido folclor de otros días, cuando las narraciones deportivas tenían color festivo, emotivo, no ahorraban estereotipos: “¡Chiquitito, tostadito, morenito, bronceado por el sol boyacense; no tiene los ojos azules, es un colombiano campesino, qué berriondera, de los campos de Boyacá a los campos Elíseos, este hombre no tiene dos piernas, tiene dos turbinas, prendió la moto, se paró sobre el sillín para darnos un solo de pavimento, de la meseta cundiboyacense hasta el Chocó, del Orinoco hasta el Amazonas, gracias Dios mío por permitirnos tener garganta para cantar estas glorias, gracias Nairo por darle esta felicidad a esta patria lacerada, humillada, la misma que un día se rebeló con los comuneros ante el imperio español, Nairo asciende, va en moto con un tanque de oxígeno de repuesto, gracias Don Luis por regalarnos este hijo, este titán boyacense, se les creció el enano… América a tus pies, Nairo, el mundo a tus pies…!”. Quiero decir que después de esta arenga en la que no faltó Acevedo y Gómez, salí al balcón e icé la bandera colombiana. Un sol de justicia brilló en mi cocorota.

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