De los Borges portugueses

De los Borges portugueses

Junio 16, 2011 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

“Ahí está Buenos Aires; el tiempo de los hombres trae el amor o el oro/ a mí apenas me deja esta rosa apagada/ esta vana madeja de calles que repiten los pretéritos nombres…”, anotaba Borges en su poema ‘La noche cíclica’, escrito en 1940, y en ese verso advertimos a un poeta que ha empezado a olvidar, a vivir en una ciudad que ya no le pertenece, vieja urbe con mercados viejos donde merodeaban abigeos y cuchilleros, gente peligrosa que arreaba reses al amanecer, a las fronteras de Brasil y Uruguay.Jorge Francisco Isidoro Luis Borges, nacido el 24 de agosto de 1899 al seno de una familia patricia de Buenos Aires. Los Borges provenían de Portugal; su bisabuelo Francisco, se había desempeñado como teniente de la Marina Real Portuguesa. Se casó con María del Carmen Lafinur, descendiente de Hernando Arias de Saavedra, primer gobernador criollo del Río de la Plata. Algunos genealogistas relacionan a los Borges con el Rey Alfonso X El Sabio y estáría emparentadocon Don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador.Los primeros años del poeta transcurrieron en la escuela pública de la Calle Thames, en Palermo, donde recibió, al lado de hijos de inmigrantes, los beneficios de la ley 1420 del presidente Domingo Faustino Sarmiento, quien abrió la puerta de Argentina a Europa y el mundo, permitió la llegada de numerosas profesoras de inglés y dio la bienvenida a los ‘gorriones’ de ultramar. Alguna vez admitió en una entrevista: “Podría decir como Bernard Shaw: mi educación fue interrumpida por mi formación escolar…”. Aborreció patios y recreos escolares, y apreció las conversaciones con su abuela, quien le hablaba en inglés y le ponderaba las virtudes curativas del tilo y las gomas de tragacanto. Cuando era ya famoso y visitó Londres en compañía de María Esther Vásquez, fueron al Palacio de Buckingham a la hora del cambio de guardia; Borges escuchó un himno aprendido en la escuela, que dedicaban al General San Martín. Era ‘La Marcha de San Lorenzo’. El poeta gritó frente a la guardia esos primeros versos que jamás olvidó. Las huellas de Borges, fallecido hace 25 años, están hoy por el mundo. En India, junto al altar de Rabindranath Tagore; en New Haven, en el campus de la Facultad de Letras de la Universidad de Yale, o en la entrada de La Alhambra, en Granada, donde su voz, desde la roca hendida por el buril, saluda al caminante: “Grata la voz del agua/ a quien abrumaron negras arenas/ grato a la mano cóncava el mármol circular de la columna/ gratos los finos laberintos del agua entre los limoneros/ grata la música del zéjel/ grato el amor y grata la plegaria/ dirigida a un Dios que está solo/ grato el jazmín…”.En sólo un verso, describió a Boabdil, el último moro, aquella arquitectura de mármol y lapislázuli que canta en las bóvedas de los palacios nazaríes, el agua del río Lanjarón que sube desde Granada, la apoteosis de Alá en los califatos de Al Andaluz, el perfume cítrico del aire, y la flor que es igual al perfume que la nombra, porque es palabra mora: jazmín.A Borges le debemos la poesía en estado puro, la devoción por la Enciclopedia Británica, la estructura del cuento como lección recién nacida para la literatura, Felisberto Hernández, Bioy Casares, Victoria y Silvina Ocampo, los mejores versos de Shelley, Keats, Fizgerald, Swinburne y T.S. Elliot, la matemática astral, la revista Proa, el hombre que fue jueves, el Aleph, Zola, Flaubert, Schonpehauer, y vagos de cuadra como Jacinto Chiclana, a quien dedicó una milonga: “Alto lo veo y cabal/con el alma comedida/capaz de no alzar la voz / y de jugarse la vida…”. 25 años después, calan a su recuerdo sus palabras: “Fuiste el fuego, en la pánica memoria; no eres hoy la ceniza. Eres la gloria…”.

VER COMENTARIOS
Columnistas