América, 100 años

América, 100 años

Abril 10, 2019 - 11:50 p.m. Por: Medardo Arias Satizábal

No soy hincha del América ni del Deportivo Cali. Mi padre fue del Cali, cuando apenas este equipo ostentaba tres estrellas. Me parece verlo en la tribuna oriental baja, su preferida, luciendo la divisa azucarera con la inscripción TVG, Tres Veces Glorioso. Tiempos en que los comentaristas deportivos se paseaban por la pista del estadio con unos largos cables que los seguían, pues no se conocía aún el micrófono inalámbrico.

Veníamos del Puerto al clásico Cali-Millos; todo Buenaventura era hincha del equipo azul porque ahí alinearon las primeras grandes figuras del fútbol porteño: Maravilla Gamboa, Marino Klinger, Senén Mosquera -portero chocoano incubado en el puerto- Piri Quiñonez.

Mi padre compraba las boletas en la Caseta La María, frente a lo que hoy es el CAM, y desde ahí se escuchaba el rumor del río, poderoso, una corriente verde que bajaba haciendo encajes por el viejo edificio del correo. En alguna ocasión fuimos hasta el Hotel Aristi; quería que saludáramos a los jugadores del Millonarios. En el hall del hotel el goleador brasileño ‘Maravillita’ Lima me dio la mano. Luego conté este acontecimiento en el colegio y nadie lo creyó.

Cuando el Cali saltaba a la cancha, la tribuna azul pegaba una rechifla: ¡Perros!, se escuchaba. Y sobre las graderías del frente podían verse los balcones del barrio San Fernando, con aficionados de transistor que veían el partido gratis.

Tiempos de Cunda Valencia, Álvarez, los hermanos Gallego, Iroldo de Oliveira, el ‘Tanque’ Olmos en la portería y don Pancho Villegas en la dirección técnica.

Hago esta introducción para mirar a la otra hinchada casi centenaria de Cali, la del América, una de las más fieles del mundo. Era reportero del diario El Pueblo cuando me pidieron escribir una crónica desde la tribuna sur en la noche de su primera estrella, aquel 19 de diciembre de 1979. Es una de las pocas ocasiones en que me he sentido realmente en el infierno, sin contar las bolsas de orín que surcaban las graderías, el fuerte olor a marihuana y toda la artillería de los peores improperios que uno pueda imaginar contra el equipo contrario.

América, hay que decirlo, es un equipo insólito. En sus casi 100 años de historia, es quizá el único club que ha tenido como entrenador a un filósofo de la Escuela Peripatética, el inolvidable Julio Tocker, con quien nos enfrascábamos también en largas conversaciones literarias. Era un lector asiduo de ‘El Ser y el Tiempo’ de Martin Heidegger. El equipo tuvo en sus filas a dos yugoslavos, porteros de hotel, convertidos de pronto en estrellas de pacotilla. Alineó a dos argentinos llamados originalmente Macho y Valiente, exhibió por varias décadas la maldición de un brujo, un tal ‘Garabato’ y contrató también al único argentino negro que jugó en Colombia: Arcángel Brittos. Decía que era ‘porteño’ y pensaban que aludía a Puerto Tejada.

Dos años se disputan la fundación del equipo: 1918 y 1924; entonces, un grupo de jugadores esmirriados -lucían boinas y calzones a la rodilla- disputaron los primeros partidos en la Cancha de Galilea, un potrero convertido en campo de fútbol.

Antes de la opulencia de los años 80, el América estuvo en varias ocasiones al borde del cierre. En el barrio Obrero organizaban fiestas de tamal y empanadas bailables para salvarlo. Su galería de pécoras no ha tenido igual: Cardone, Calisú, Karanícola, Jovan, Radovan, Pedrak Bunbunja ‘Buki’.

Algo parecido a la pasión es lo que lleva a los americanos a esperar cada año su estrella. Saben que este fue el equipo de Pignarelli, Sasini, Mallarino, Volken, el ‘Toro’ Raffo, El ‘Camello’ Soto, Verdugo, Sopic, Sekularac, Cáceres, Barby Ortiz, Ferrín, Alegría, Lucumí, Gilberto Cuero, Willington Ortiz, Usuriaga, Montanini, Riquelme, Pascutini, Battaglia, Gareca, Cabañas, González Aquino.

Si ganan, si pierden, se les pide siempre que no destruyan la ciudad.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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