Sofía y el amanecer

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Sofía y el amanecer

Enero 06, 2020 - 11:55 p. m. Por: Mario Fernando Prado

Sofía nunca había visto un amanecer. A sus escasos 8 años, lo más temprano que se había levantado, muy a regañadientes, eran las seis de la mañana para ir al colegio. Pero hace pocos días se me apareció muy a las cuatro de la mañana cuando me encontraba leyendo los periódicos y, aduciendo que no podía dormir, se sentó a mi lado.

“¿Fofer, que estás haciendo?”. Me preguntó con voz somnolienta y le contesté que yo me despertaba muy temprano en razón a mi edad -ya venerable- y leía los correos y la prensa que me habían llegado.

Hube de explicarle qué era un periódico y para qué servía y le mostré el contenido de cada una de sus páginas. Acto seguido y luego de que a esas horas de la madrugada se tomó un yogurt con cereal, opté por sacar un álbum de fotos familiares dándole explicaciones de quién era cada persona, pensando que pronto caería en un profundo sueño, pero no. Quedó más despierta que nunca.

Fue entonces cuando le pregunté si alguna vez había visto un amanecer, contándole que es el momento en que comienza a salir el sol y ahí fue Troya.

“Quiero ver el amanecer y la salida del sol”, dictaminó picarónamente. “Eso se demora hasta las cinco y media pasadas”, le respondí con el ánimo de que desistiera de la idea, pero no.

Me dijo que le parecía un muy buen plan y sacó dos asientos que ubicó en el balcón para contemplar ese feliz momento. Nos sentamos entonces a esperar y esperar acompañados por el viento frío de la aurora, y nada que se veía clarear el firmamento.

“¿Qué pasa que no amanece?”, me increpó de nuevo y entonces se me ocurrió contestarle que iba a llamar al sol para preguntarle qué le había sucedido.

Así que tomé el celular y me hice el que llamaba al sol. “Hola sol, queremos saber por qué estás tan retardado para salir hoy”. Le retransmití entonces su imaginaria respuesta diciendo que como era día de fiesta y estábamos en Navidad, se había quedado dormido, explicación que no satisfizo a Sofía, quien me manifestó que ella quería hablar con el sol.

Así que cogió el móvil y con total desparpajo comenzó su charla: “Hola sol, me llamo Sofía y estoy esperando que salgas desde hace mucho rato. Es la primera vez que voy a ver un amanecer y nada que apareces”.

Cuando le pregunté qué le había contestado el sol, simplemente me dijo que estaba muy apenado y que le había prometido que en cuestión de minutos iba a aparecer y que pronto el cielo empezaría a ponerse azul.

Y el sol así lo hizo: el cielo, antes oscuro, tornose claro e instantes después hizo su aparición allá en el firmamento regalándonos una intensa luz amarilla. Ha amanecido, Sopipa linda, exclamé alborozado y ella muy feliz me abrazó. “Nunca olvidaré este momento, me susurró emocionada, y yo tampoco, le respondí con la voz entrecortada.

Sofía había visto por primera vez un amanecer. Ojalá -como le pasó en esa mañana esplendorosa- a todos nos conmoviera la llegada de un nuevo día y le diéramos gracias a Dios por cada amanecer.

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