Qué pena con los niños

Octubre 31, 2022 - 11:55 p. m. 2022-10-31 Por: Mario Fernando Prado

El pasado fin de semana y ayer, vivimos otro desbordamiento social que nos debe llevar a cancelar la tal celebración esa del Halloween que no es más que otra disculpa para toda suerte de excesos perpetrados en nombre de los niños. Y si a lo anterior le sumamos las noches de las brujas, el desenfreno no tuvo nombre y no exagero.

Fueron cuatro días del terror en que los niños pasaron a último lugar porque los llamados adultos lejos de ofrecerles unos espectáculos de amor y de cariño, los dejaron solos y se dedicaron a celebrar -en su nombre- una fiesta que en otras partes es sagrada y que aquí es profanada.

Los gritos de “triki, triki, Halloween, quiero dulces para mí” se convirtieron en ráfagas de pistolas y de ametralladoras portadas por energúmenos motociclistas que paralizaron la ciudad y que luego se dispersaron hacia otras partes.

Se dice por ejemplo que por los lados de la carretera al mar un grupo de estos malhechores llegó hasta una finca y si no es porque fueron repelidos, hasta la iban a incendiar…

Así las cosas, las celebraciones callejeras protagonizadas por personas disfrazadas de calaveras y de muertos vivientes atemorizaron ya no a los menores que terminaron muertos de pánico sino a quienes no podían creer lo que veían: mujeres disfrazadas de hombres diablos, hombres disfrazados de mujeres luciferinas y toda una corte infernal pavoneándose por las calles desafiando a las escasas autoridades que no sabían qué hacer.

Claro, pulularon el alcohol y la droga, siempre presentes en estas manifestaciones colectivas y Cali se salió de madre. Lo que ahora llaman música, totalmente estridente, fue una competencia de alto volumen de unos parlantes con carros y no a la inversa. Pitos y piques. Anarquía total.

Yo soy de los que creo que esta ciudad está posesa por el demonio y que la vieja leyenda del diablo en Las Tres Cruces es cierta. Esto no fue normal. Aquí las sectas satánicas están cogiendo tanta fuerza que se dice que hasta hay rezos y ofrendas en las altas esferas gubernamentales.
El hecho es que una fiesta infantil se convirtió en un jolgorio y un motivo para armar tremendas rumbas que no respetaron el vecindario. Por ejemplo, un edificio del oeste tiene un salón de recepciones al frente, pasando la calle. Sucede que las habitaciones de los apartamentos dan para el otro lado y sus moradores no escuchan lo que sucede en su salón social. Así las cosas, viernes y sábado armaron tremendo rumbón y pese a que el reglamento ordena que esas fiestas sean hasta la medianoche, los parlantes vociferaron hasta las dos y media y hasta las cuatro y media de la mañana respectivamente.

Y si esto sucede en un sector habitado por personas que dicen tener un gran respeto por los demás, ¿qué podemos esperar en otros sectores de nuestra otrora capital del civismo (o será del cinismo)?

Menos mal hubo lugares en que sí se pudo celebrar esta fecha y le refiero a los centros comerciales que con su decoración y programación especial se lucieron maravillosamente. De no ser por ellos, no se habría podido salir de las casas.

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