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El hacedor de amistades

Noviembre 09, 2020 - 11:55 p. m. Por: Mario Fernando Prado

Como me escribió un amigo de todas las horas, su motivo de vida fue servir a todo aquel que estrechara su mano. Y más aún, siempre, siempre tuvo la frase amable, el comentario positivo, la palabra precisa para hacer de su trato con él un verdadero oasis en el que no faltaba su gran sentido del humor y esa ‘queredura’ que poseen cada vez menos personas en este mundo cibernético que no le da tiempo a las gratitudes de la vida.

Por el contrario, nos hemos vuelto hoscos hasta con nosotros mismos, afanados para llegar a ninguna parte, incapaces de interactuar con actitudes amistosas, presos de estas máquinas infernales que están acabando con las personalidades y que nos tienen condenados a los monosílabos y a los blancos y negros descoloridos, ajenos y ausentes.

Pero él no fue así. Su indiscutible talento lo utilizó para aquellas cosas que ya no se ven ni menos se practican: dedicó sus últimos años a una actividad casi que desaparecida. Con su alma de sembrador, implantaba las semillas en los terrenos tanto en los más agrestes como en los más fértiles y cultivó sin que se dieran cuenta algo verdaderamente exótico en este medio, logrando cosechar uno de los frutos más esquivos de las relaciones interpersonales como es la amistad.

Y fue así como se llenó de amigos por doquier de todas las condiciones y pelambres y de las más disimiles actividades exceptuando los malapersonas y los malandros con los que jamás tuvo trato.

Mucho influyó -repito- su sentido del humor a veces cáustico, pero siempre oportuno y definitivamente talentoso, lo que producía desde sonrisas picaronas hasta gratas carcajadas por sus salidas demostrativas de su genialidad a flor de piel.

Fue pues, un hacedor de amistades que hoy lo evocan y lo extrañan porque como lo aseguran, otro como él no habrá.

Estamos hablando de quien fuera bachiller del colegio Alemán y figura destacada de las primeras promociones de abogados de la universidad Santiago de Cali en donde posteriormente fue profesor, al igual que en la universidad Obrera y en la universidad San Buenaventura en la cátedra de Seguridad Social.

Militó en el viejo Llerismo y de la mano de Gustavo Balcázar Monzón hizo algo de política cuando ella era el arte de servir a los demás y no de servirse a sí mismo, como sucede en la mayoría de los casos y por eso estamos como estamos.

Trabajó cerca de 20 años en el Seguro Social de donde fue enviado a hacer varias especializaciones en el exterior. Posteriormente fue figura clave en la creación de Papelcol empresa hoy absorbida por Propal y montó su bufete especializado en pensiones convirtiéndose en una biblia en materia de seguridad social, con un sólo problema: que a veces olvidaba cobrar sus honorarios o sus clientes eran tan amigos que el estipendio de un tinto le era suficiente.

Como miembro activo de ese templo del saber que es Corfichimbas estuvo en las últimas décadas dando cátedra y estrechando los lazos de amistad de quienes hoy lo extrañan -como Inés y su hija María del Pilar- y no paran de añorarlo. Me refiero a mi querido hermano Gabriel Prado López.

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