¿Por qué me gusta Francisco?

¿Por qué me gusta Francisco?

Julio 26, 2013 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

Aunque no haga demasiado en su pontificado el argentino Jorge Bergoglio ya se ganó su lugar en la Historia. Con hechos y gestos concretos ha logrado conectarse con el mundo de hoy, con la gente común y corriente, con millones de jóvenes, muchos de ellos indignados y decepcionados con todo. Al margen de creencias religiosas, la humanidad del Papa Francisco conmueve.Fue premonitoria la escogencia del nombre de Francisco. Para resaltar y proponer como ejemplo de vida la humildad de San Francisco de Asís, su cercanía con los pobres, con los desvalidos, con los sufrientes. Y en su misma cotidianidad ha sido consecuente y consistente. Entiende estos tiempos de crisis, el sentido de la rebeldía juvenil y de todos los que protestan contra la corrupción, contra la desigualdad, contra las carencias y los errores de los gobernantes. Mantiene distancia con los políticos de quienes desconfía, al igual que una gran mayoría de ciudadanos. Los políticos, casi sin excepción, poco entusiasman y son calificados duramente de egoístas, insensibles, incompetentes, hedonistas y corruptos.El Papa se acercó a los desencantados. Sabe que de los 50.000 asesinatos al año en Brasil, el 80 % los ponen los jóvenes y le generan conmiseración. Afecto. Los llamó a despojarse de lo banal y fugaz, a buscar lo esencial. Le habló a los viciosos, a los drogadictos. Y para poder acercarse a ellos, para confundirse con la gente anduvo tranquilo y cercano en un pequeño carro Fiat lo contrario del aparatoso papamóvil.No aceptó atenciones ni hoteles de lujo. Pidió retirar del avión de Alitalia la cama que habían adecuado para el vuelo trasatlántico. Luego, como cualquier mortal, se tomó un día de descanso, a su llegada a Río de Janeiro. Cuando supo que lo esperaba un chef del famoso Hotel de Copacabana, dejó saber que prefería la comida casera que le prepararían las monjas: arroz, frijol y pan de queso, a lo brasilero. Maneja distancia con el poder burocrático del Vaticano, con su boato, con las intrigas palaciegas, con los privilegios que circulan por sus patios y corredores. Desde la noche de su elección abandonó los apartamentos pontificios y se trasladó a vivir con su austeridad habitual y natural a una habitación en Santa Marta, el hospedaje empleado por los obispos y cardenales de paso por Roma. Sus zapatos están gastados de caminar, pero jamás se le verá con las zapatillas rojas y la pontificia de armiño que le fascinaban a Ratzinger. El anillo y el pectoral pontificio no son de oro deslumbrante sino de sencillo estaño. La cruz pectoral es regalo de unos trabajadores argentinos cuando lo nombraron obispo de Buenos Aires. El Papa Francisco gusta porque desmitifica el poder. Lo humaniza y aterriza en la realidad de todos, sin discursos. Con la fuerza transformadora de los hechos. Y ello en un mundo descreído del poder, por farsante, por injusto, por arbitrario; de un poder que consolida un estado de cosas que indigna. Francisco serenamente enfrenta lo existente y muestra con sus acciones, que otro mundo sencillo, digno, justo e incluyente, centrado en lo fundamental y no en lo efímero que se compra, se consume y se desecha. Un liderazgo ético que hacia mucha falta.

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