Matar por honor

Matar por honor

Mayo 30, 2019 - 11:50 p.m. Por: María Elvira Bonilla

Acaba de salir el libro Historia de un crimen pasional, el caso Zawadzky del historiador Pablo Rodríguez. Un apasionante relato que reconstruye la noche del 22 de agosto de 1933, cuando Jorge Zawadzky, un prohombre caleño, propietario del periódico El Relator, representante a la Cámara e influyente miembro de la élite social caleña, asesinó al médico Arturo Mejía Marulanda. Por honor. Su esposa Clara Inés Suárez, madre de sus tres hijas, le había sido infiel con el reconocido doctor de origen caldense, quien a su vez era hermano del Gobernador de Caldas y sus pacientes eran de alto turmequé, como quien terminaría siendo su amante.

Todo empezó por un rumor, cuando un pariente llama a Jorge Zawadzky quien está en Bogotá por asuntos de trabajo, desde lo alto de una tapia han divisado el amorío en ciernes en la sala de su propia casa en el barrio San Fernando de Cali. Durante dos años, el engañado cargó una pistola y a la manera de la muerte anunciada dejó saber que acabaría con el médico una vez muriera su mamá. Y sucedió. Al anochecer de ese 22 de agosto entró al café El Globo, en la Calle 12 en pleno centro de Cali donde se encontraba el médico y le disparó delante de muchos testigos. Cometido el crimen salió tranquilo caminando. Había salvado su honor. La respuesta fue de condescendencia y apoyo, con el presidente Enrique Olaya Herrera a la cabeza y la clase política en pleno. Buscando garantías, la familia del médico Mejía Marulanda logró que el caso fuera trasladado a Bogotá para asegurar. El asesino fue despedido en forma en la estación del tren para ponerle la cara a la Justicia en la capital.

No hubo juicio más popular y sonoro que este con un ingrediente adicional: el duelo entre dos abogados de quilates. El defensor de Zawadzky era nada menos que Jorge Eliécer Gaitán quien alegaba su inocencia, mientras José Joaquín Montalvo, nombrado por la familia del difunto Arturo Mejía Salazar, se proponía mandar a la cárcel al asesino para pagar por su crimen. Después de tres meses el jurado declaró inocente a Zawadzky, considerado una víctima atrapada por el rumor de una sociedad perseguidora y por una debilidad psíquica rayando con la enfermedad mental que lo habría forzado a reaccionar carcomido por una violencia vengativa dos años después de ocurrido el insoportable episodio de infidelidad de su mujer.

Lo cierto es que el regreso de Jorge Zawadzky a Cali fue triunfal y esta vez en el aeropuerto los esperaba la socialité caleña. Meses después era premiado con la embajada de Colombia en México a donde disfrutó del gran mundo cultural que le abrió su seductora y libertaria esposa Clara Inés Suárez, cuya biografía es sin duda una asignatura pendiente.

Aunque el relato de Rodríguez y su reconstrucción con detalles incluido el contexto de la Cali de los años 30 en el esplendor de una ciudad con destellos de modernidad, gira en torno al de un crimen pasional por salvar el honor y la defensa de la hombría de los mero machos como valor supremo, la historia tiene muchas aristas y pone a pensar. Queda sobre la mesa para reflexionar sobre la presencia desde entonces, hace 80 años, de unos patrones sociales que se repiten y siguen gobernando en Colombia: los privilegios del poder y una Justicia que opera para los de ruana.

Sigue en Twitter @elvira_bonilla

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