Las jaulas de oro

Las jaulas de oro

Mayo 09, 2019 - 11:50 p.m. Por: María Elvira Bonilla

En una ceremonia cargada de rituales que se remontan y repiten desde la Edad Media, comenzó la entronización de Naruhito, el primogénito de Akhito y Michiko, como nuevo emperador del Japón. Ceremonia exclusiva de varones, vestidos con pesados trajes largos de seda, ancestrales. Una monarquía que no logra montarse al ritmo de los nuevos tiempos al punto incluso de negarse a realizar el cambio que podía abrirles las puertas a las mujeres para ostentar el trono del Crisantemo. Masako, la esposa del heredero Naruhito quedó atrapada en esa retrograda dinámica y hoy paga con una depresión profunda, como si se tratara de una tragedia el pecado de no haber podido engendrar un hijo varón.

Masako tenía frente a ella un futuro promisorio como diplomática formada en Harvard, con estudios previos en Oxford y dominio fluido de al menos tres idiomas además del japonés. Era la llamada a conectar el Japón con Occidente y de la mano de Naruhito abrirse a mundos nuevos que articulan la tradición y la modernidad. Pero no, Masako terminó aplastada por su destino y sus 28 años de matrimonio no han sido otra cosa que un camino de marchitamiento personal enfrentada a la depresión y el encierro de una jaula de oro. Renunció a todo al casarse con el entonces príncipe Naruhito quien entonces tenía 33 años, cuatro años más que ella.

Y lo sabía, y así se los anunció a sus papás, en una carta que envió el último diciembre cuando era parte de los Owada junto con sus dos hermanas gemelas. Sabía que pasarían periodos largos sin contacto familiar sometida a los drásticos códigos del protocolo japonés manejado por los guardianes de la heredad, los famosos ‘hombres de negro’ que terminaron conduciéndole la vida, inmiscuidos en su privacidad desde el día uno de su matrimonio. Con la entrada al hermético palacio real en Tokio con sus jardines perfectos y su arquitectura controlada se inició un encierro salpicado de tristeza que la ha llevado a sobrevivir con antidepresivos.

Solo después de nueve años de su fastuosa boda en junio de 1991, pudo procrear. Y nació Aiko, pero no el esperado varón. La pequeña que le dio un consuelo parcial y briznas de alegría pero siempre salpicadas de frustración. Su cosmopolitismo nacido de la residencia en distintos países, incluido Rusia, por cuenta de su padre diplomático Hirashi Owada, un reconocido mandarín de alto vuelo, pasó a ser asunto del pasado, recuerdos que alimenta con efímeros diálogos con los escasos amigos de la época que puede frecuentar, mientras la visiten en el palacio. Los 28 años de protocolos, prohibiciones y encierro real la marchitaron y ahora que el destino la puso en el más alto rol del Japón, cerca del rey sol, para acompañar al emperador Naruhito, Masako está postrada sin ímpetus para reverdecer.

Verla lleva a pensar en tantas mujeres ahogadas en tanta jaula de oro en sus intentos fallidos de volar que terminan por las circunstancias o las relaciones afectivas y familiares atrapadas en protocolos, etiquetas y prejuicios con las alas cortadas. Y ahí quedan, con sus talentos apagados por las formalidades de un deber ser que muchas veces no escogen, del que no consiguen sacudirse y terminan ahogadas en unas depresiones silenciosas que cargan como cadenas en medio de la opulencia y los privilegios como la emperatriz triste del Japón.

Sigue en Twitter @elvira_bonilla

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