El enterrador de ilusiones

El enterrador de ilusiones

Septiembre 12, 2014 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

Difícil frustración mayor a la que despierta el presidente Barack Obama. Un rosario de promesas incumplidas que remataron con el discurso en el que advierte que, remember Bush Jr. “destruiremos el Estado Islámico”. El grupo de fanáticos islamistas que se formó en las narices de los norteamericanos y como reacción a su torpe política de intervención con la que se propusieron fallidamente controlar e incluso humillar el complejo mundo árabe. Su líder Awwad al Badri cohesionó su cúpula de 25 en las propias prisiones gringas a donde fueron a dar muchos incluso profesores, doctores como él en estudios islámicos, tras la invasión del 2003, de donde salieron “asqueados por la degradación occidental”. Y se formaron con la radicalidad de quienes se sienten ungidos dispuestos a no dejarse atropellar, al que han ingresado miles de jóvenes con pasaportes europeos -muchos ingleses- pero con alma árabe, dispuestos a inmolarse por el Corán.La fisonomía de Obama es otra. Sin ese talante atado a un discurso inspirador. El carisma con el que encantó al mundo hace ocho años se ha desdibujado para convertirse en un gobernante más que ha ido entregando todas las promesas que lo llevaron a la Presidencia. Es otro el Obama de este segundo tiempo. Calculador, indeciso, acobardado, sin garra para arriesgar. Arrinconado por el gran poder judío mantiene una pasividad ofensiva y cómplice frente al demencial conflicto árabe-israelí. Perdió su momentum político y terminó maniatado por el Congreso frente a la esperada reforma migratoria que se ha convertido en una tragedia masiva de niños refugiados y miles de latinos inmigrantes huyéndole a la persecución en las calles de las ciudades amenazados por deportaciones express, como nunca antes se había vivido en Estados Unidos. Es la traición total a quienes posibilitaron su reelección. Terminó Obama doblegado por los reyes de Wall street a quienes finalmente dejó intactos con sus prebendas y sus bonos y sus bancos y corporaciones refinanciadas. Sin sanciones. Sin cicatrices de la crisis que ellos, con sus malas prácticas engendraron. La esperanza con la que millones de jóvenes empeñados en sacudirse la zozobra y el miedo estrenaron el voto con Obama forma parte del pasado. Aquellos que no querían más intervenciones militares ni más muertes prematuras en territorios ajenos, ni más hecatombes arrastradas por la ruleta del sistema financiero. Los que gritaban “yes we can” (si se puede) soñar con un país distinto mientras disfrutaban de la gran fiesta de la política. Fue una derrota que resultó efímera al escepticismo. Porque Obama supo entonces colocarse por encima de las diferencias partidistas, le apostó a la diversidad racial, cultural y social y removió cimientos de ese coctel que forma el espíritu de la nación norteamericana. Prometió enterrar odios ancestrales y sobre todo salir de una guerra. De la de Iraq, a la que decía no haberle nunca encontrado sentido y por la que no votó ni en los tiempos de senador. Todo esto forma parte del olvido que le dio paso a ese nuevo Obama, vuelto una sombra de sí mismo, dispuesto a atizar la candela que se comprometió a apagar. Un hombre sembrador de sueños convertido en un prosaico enterrador de ilusiones.

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