De las buenas intenciones al infierno

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De las buenas intenciones
al infierno

Noviembre 12, 2019 - 11:35 p. m. Por: Marcos Peckel

No hay duda de que la llegada de Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa, entre otros, al poder en sus países correspondía a una larga deuda histórica que los pueblos cobraron en las urnas. Venezuela el país más rico del continente era a la vez el más corrompido, su sistema político fosilizado alrededor del Copei y la AD. Ecuador sufría de una inestabilidad política producto de la rapiña de sus elites y Bolivia tenía una asignatura pendiente con su población indígena, el 60% de la población, tradicionalmente marginada, pobre, sin acceso a servicios básicos, enajenada de la Nación. La llegada de estos líderes al poder en 1999, 2006 y 2007 respectivamente significó una bocanada de aire fresco en una América Latina que desplazaba del poder a las elites tradicionales abriendo nuevos espacios en la política. Los tres gobernantes gozaron de una amplia luna de miel tanto de su electorado como de la comunidad internacional.

Sin embargo, el síndrome mesiánico que sufren los partidos de izquierda desde la misma revolución bolchevique, en que se sienten más que políticos, salvadores, y consideran que su lugar es el gobierno, siempre, como las deidades en las religiones, incuestionable. Quien lo hace se convierte en un hereje, un 'enemigo del pueblo', un 'pitiyanqui', un 'lacayo del imperialismo', un 'vendepatria' y epítetos similares muy conocidos en nuestro medio. Polarizar la sociedad alrededor del caudillo es la primera tarea.

Ese mesianismo ha llevado a la izquierda en varios lugares a considerar que tiene un mandato divino, eterno, que la ha obligado a quedarse, porque así lo ha pedido el pueblo, que todo se vale. Poco a poco ese ‘mesías’ comienza a destruir los pilares que le permitieron llegar al panteón del poder, que no es otro que la democracia y sus componentes elementales: transparencia electoral, libertad de expresión, partidos políticos, debates de altura, oposición, alternancia.

Arranca la labor de demolición. Rafael Correa lo hizo, primero con la prensa libre, posteriormente maniatando a la oposición, pero el 'Estado profundo' y la sociedad reaccionaron e impidieron que lograra su cometido de quedarse ad eternum y se fue. Ecuador se salvó de caer en las garras de ese mesianismo de izquierda radical. Venezuela no corrió con la misma suerte y quizás es tarde para evitar la 'cubanización' de Caracas. Bolivia iba por el mismo camino. El último periodo de Evo estuvo caracterizado por su talante autocrático, poco tolerante a las críticas. Cooptó al Tribunal Supremo de Justicia el cual en un fallo que lamentarán por siempre, desestimó la voz del constituyente primario que en un referendo en 2016 había negado a Evo la reelección. Vino entonces el reciente fraude legitimado por el Tribunal Electoral vasallo del 'mesías', pero apareció el pueblo, la oposición y la comunidad internacional y lograron lo que no han logrado en Venezuela: la salida de Evo del poder y su exilio en México.

Si Evo hubiera salido del poder en 2020 sin haberse presentado a su reelección tras tres periodos presidenciales y respetado las reglas de juego, hubiera dejado un significativo legado a Bolivia y para sí mismo un lugar entre los grandes. Su ambición y mesianismo le pudieron. Con la salida de Evo cae una pata de la mesa de cuatro que es el socialismo del Siglo XXI, con Cuba, Nicaragua y Venezuela, las otras tres.

Las buenas intenciones de la izquierda en esos países han llevado a sus pueblos al infierno.

Sigue en Twitter @marcospeckel

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