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Jóvenes

Julio 18, 2021 - 11:45 p. m. 2021-07-18 Por: Mabel Lara

Crecer de espaldas al mundo, pensando que no hay espacio para sobresalir, para pensar en un futuro que no sea ser atrapados por las garras de los narcos y su cultura del todo se puede. Crecer en barrio pobre o vulnerable endeudándose para pagar un instituto o en el mejor de los casos para pagar la Universidad porque es el “sueño de los viejos” y no el propio.

Oírlos y verlos de reojo en las maltrechas y vandalizadas estaciones del MIO “parchando” de a turnos, sin que nada pase o en espera de no sé qué para volver a salir a apedrear; mientras los que vamos temerosos en nuestros carros de vidrios polarizados los miramos indignados, congestionados y dejando aflorar los sentimientos más oscuros que nos remiten al pasado violento y paramilitar del espíritu de la nación: no lo decimos, pero circulan en los chats de familiares, de cuerpo médico y de amigos “¿Cuándo es que van a aparecer esos malos de la limpieza social para que dejen de ‘joder’?”. Se leyó en un muy publicitado WhatsApp de médicos en días anteriores.

Es la Cali de los jóvenes, de los miles de muchachos que se siguen manteniendo en una primera línea de no sé qué asuntos, que no entendemos, no queremos escuchar y menos negociar. Son los rostros de esos 531 mil jóvenes de Cali entre 14 y 28 años de edad que nos hacen rememorar la muy buena novela de Rodrigo D no futuro con Ramiro Meneses y en la pluma de Carlos Gaviria sobre el sinsentido de la vida: “Ni con drogas, ni alcohol, ni con sexo ni amor, consigo la satisfacción”, decía el buen Rodrigo empobrecido de Medellín de mediados de los 80.

Siendo tan visuales y expresivos no hemos tenido en la ciudad quién ayude a traducir y poner en la ficción lo que también nos viene pasando. Después de Andrés Caicedo hemos tenido pocas manifestaciones culturales y literarias que traduzcan y ayuden a ahuyentar los demonios que den testimonios de quiénes y cómo estamos. Fallamos todos en no identificar y enfrentar a las nuevas generaciones. Son los mal llamados ninis que en nuestro caso están rodeados de pobreza y desolación, que están en cifras pero sin caras reales e historias para compartir y arropar.

Recientemente Cali Cómo Vamos ayudó a descifrar que muchos de los que están en las calles vienen de la zona oriental de la ciudad (Comuna 13, 14, 15 y 21), que están solteros; que 26 de cada 100 muchachos viven en hogares en donde ellos son los jefes de hogar. En otras palabras que 87 de cada 100 pelados viven en estratos 1, 2 y 3, que 65 de cada 100 viven en condiciones de pobreza y de informalidad; y son esos en su gran mayoría -sin contar con los episodios de filtraciones de grupos al margen de la ley y micro tráfico- los que siguen hablando de volver a las calles y hasta dejarse matar.

Esta ciudad es un vividero como ninguno, pero depende de todos construir movimientos ciudadanos donde podamos subsistir, donde nuestras individualidades nos ayuden a edificar una capital que mire más al mundo y menos al ombligo. Vivir como exiliados o migrantes no es una muy fructífera idea, lo digo yo que vivo fuera y siempre me siento extranjera. Aquí nos va a tocar a todos ponernos la camiseta, asumir el destino de nacer en esta tierra y sus proximidades y buscar soluciones para los vecinos, los jóvenes, nuestros hijos y hasta nuestros viejos; lo que al final nos ayudará a resolver nuestro destino también.

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