Volver a empezar

Volver a empezar

Diciembre 09, 2018 - 06:55 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizábal

Termina el año, y con él el inicio más complejo que le haya tocado a un gobierno. A partir de enero es de esperar que se produzcan las rectificaciones necesarias para recuperar la confianza en que vamos por buen camino.

El presidente Duque empezó declarando su independencia, su interés en crear un nuevo clima político y su propósito de romper con el clientelismo que tuvo su cumbre en la mermelada que se repartió para tener una coalición. Luego de posesionar un gabinete ministerial elaborado sin participación de ninguna fuerza política, presentó sus propuestas para reformar la política y la justicia y para responder al resultado del referendo anticorrupción.

Y se jugó la gobernabilidad sin constituir una base que le permitiera superar la minoría en el Congreso, algo que era prueba de su voluntad. Pero demostró la fragilidad de su estrategia, que quedó en cuidados intensivos cuando se le hizo el debate al ministro de Hacienda, seguido por la presentación de la reforma tributaria que disfrazaron con el nombre de ‘ley de financiamiento’.

Su contenido fue un desafío al país y originó un rechazo enorme, incluido el de sus compañeros del Centro Democrático. Al mismo tiempo, el país padeció más de trescientas protestas públicas, claro intento de capitalizar el descontento social y de usar la organización de movimientos como el de los estudiantes para tratar de paralizar al país.

Allí fue patética la falta de reacción de los partidos tradicionales, muchos de los cuales han jugado al debilitamiento del Gobierno para conseguir las prebendas que ya no tienen. Y en el medio está la eterna sucesión de escándalos de corrupción, empezando por Odebrecht y el consorcio Ruta del Sol II, la muerte de Juan Carlos Pizano, la debilidad del Fiscal cuestionado, las dificultades para escoger un fiscal ad hoc y la incapacidad del Estado para reformarse.

Así, el año termina con una reforma tributaria peluqueada, con la de la justicia hundida, con la de la política que languidece y con las propuestas anticorrupción que naufragan, huérfanas del respaldo suficiente para convertirse en mandatos constitucionales o legales. Y con un Gobierno que no parece tener el empuje necesario para superar a sus contradictores.

Se diría que el problema es del presidente Duque, de su gobierno, del Centro Democrático y del expresidente Uribe, mientras el Partido de la U, los liberales y Cambio Radical han triunfado. Pues no hay tal. Los que van ganando son los que explotan la protesta social, quienes aplican los preceptos marxistas de agudizar las contradicciones y aquellos que saben la debilidad de un establecimiento que pierde el respaldo popular porque su clase política está de espaldas al mandato de los ciudadanos.

Por ello hay que reclamar que se miren las cosas desde la perspectiva que corresponde. Es decir, deponer las vanidades y las ambiciones partidistas para hacer la política que requiere el país y defender los intereses nacionales.

Ello quiere decir aceptar que se debe negociar para construir una coalición que se refleje en la composición del gobierno sin mermelada ni reparto de prebendas. Y sacar adelante las reformas que requiere Colombia, sin que ello implique renunciar a las ideas y principios, si es que quedan.

Lo contrario es permitir que el Estado se siga debilitando y que los que explotan la protesta social se queden con la voz de los colombianos.

Sigue en Twitter @LuguireG

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