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Julio 21, 2013 - 12:00 a. m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizábal

Se habla del Catatumbo, y se ignora lo que sucede en Tumaco y sus alrededores. El segundo municipio en importancia sobre el Pacífico tuvo sus épocas de esplendor. Allá llegaban extranjeros en busca de oportunidades y empresarios a invertir en las posibilidades que ofrecen el mar y las condiciones de una región húmeda y caliente. A lo cual se debe agregar el turismo que buscaba la belleza de las playas aledañas y la inmensa riqueza de su medio ambiente. Pero eso era antes de que apareciera la droga, y de que las Farc, el Eln, los paramilitares y las bacrim llegaran a explotar el mayor potencial de la región: su ubicación geográfica, ideal para los cultivos ilícitos y el narcotráfico, y el secular abandono de un Estado que está siendo consumido por la absurda concentración de poder y riqueza en el centro y el deterioro de la provincia.El resultado está a la vista: todas esas empresas y todas las bellezas de trópico se marchitan ante la indolencia de un centralismo asfixiante que le quita capacidad de acción y decisión a los departamentos y municipios, entregándolos al clientelismo voraz con argumentos como que la elección popular es el sumun de la democracia.El último esfuerzo fue la siembra de Palma Africana, que llevó la inversión de empresarios y de centenares de pequeños y medianos agricultores de la región, llegando a tener 35.000 hectáreas sembradas. Siembras que fueron devastadas por la Pudrición del Cogollo, enfermedad que tiene en aprietos a pequeños, medianos y grandes agricultores, mientras el apoyo del Estado se limita a enviar soldados y policías. Por eso, en Tumaco resurgieron los narcocultivos y sólo se habla de extorsión, de narcotráfico, de violencia, de desesperanza. Su desempleo es imposible de medir; la educación casi no existe y las posibilidades de progreso sólo las ofrece la ilegalidad. Ahora, el jefe es “El Doctor”. Antes gatillero de los narcos, fue reclutado por las Farc. Hoy despacha desde la vereda el Rosario o desde Llorente y es el amo de la extorsión, del secuestro, del asesinato, del narcotráfico, además de presidir la única sociedad próspera en la región, la alianza de las Farc, el Eln, los narcos y los Rastrojos. Y como en el Catatumbo, los alcaldes y gobernadores son irrelevantes para atender la crisis. Es que el centralismo ha decidido mandar a los soldados a controlar el asunto, en vez de ofrecer condiciones para el regreso de la inversión privada y el rescate de la riqueza. Esos soldados cumplen a cabalidad su misión, a sabiendas de que cuando salgan las cosas serán peores para los cientos de miles de habitantes de la región. Está claro entonces que lo que sigue en Tumaco puede ser otra revuelta como la del Catatumbo, donde los criminales dirigidos por “El Doctor” reclamarán una zona de reserva campesina y acusarán a los soldados y policías de criminales por impedir el caos. Mientras, los oportunistas le echarán la culpa al Gobierno actual, a sabiendas de que el mal viene de décadas atrás. Es que no entendemos que el daño está en un Estado que no oye ni atiende a la provincia y sólo llega con la Fuerza Pública, el asistencialismo y la retórica hueca para tratar de apagar incendios. Por eso, las Farc aprovechan los diálogos de La Habana para ganar audiencia, azuzar al caos y dividir a la Nación, y el Gobierno insiste en que quieren la paz. La primera prueba es el Catatumbo. La segunda empezó en Tumaco.

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