Tres segundos

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Tres segundos

Julio 01, 2018 - 06:55 a. m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizábal

Tres segundos duró todo. A partir de ese momento nos volvió el alma al cuerpo, volvimos a ser lo mismo y la amarilla fue de nuevo nuestro símbolo de unidad y de orgullo.

Sesenta minutos iban. Llenos de fuerza, de nervios, de preocupación por la salida de la gran estrella, nuestro James del alma que debió retirarse al minuto treinta, quién sabe por qué misterioso destino. Quién sabe si alguien nos estaba poniendo a prueba por tanta pendejada, o si el destino nos tenía preparada una explosión, luego de tanto sufrimiento y tantas especulaciones de un sector de nuestro periodismo hambriento de fracaso.

Se veía que podíamos, que teníamos con qué, pero algo pasaba porque esa capacidad se perdía a veces en la impotencia. Teníamos una defensa monumental pero un error, un aparente penal a los doce casi nos quita la alegría, por fortuna recuperada por el VAR, un invento que si hubiera existido cuatro años antes, habríamos eliminado al monstruo de los monstruos, en su propia casa y convertido apenas en en una sombra de vergüenza.

Y James lesionado. Y la confusión que se siente. Y Pékerman que no duda. Y las cosas que no funcionan porque los morochos de Senegal eran como unos robles que le dieron madera a Cuadrado hasta que se cansaron. Y el Mina y el Dávinson más negro que nunca, el Carlos, el Arias, todos haciendo lo que debían, respaldados por un Ospina más grande que nunca.

Y ese diez que parecía un emperador manejando los hilos mientras el entrenador, un tal Cissé con pinta de rasta a lo Bob Marley pedía calma, frescura, chévere porque se sentía clasificado con ese miserable empate. Y los cambios que se vienen y el tiempo que pasa y el desespero que crece y el toque que no produce. Y uno preguntando qué carajos íbamos a hacer si nos eliminaban los japoneses, o Senegal.

En medio de esa vorágine, todos éramos directores técnicos. Todos decíamos a quién sacar, a quién meter, por dónde jugar, qué hacer con esos morochos de Senegal que parecían fabricados con ébano y suplían sus limitaciones con un físico brutal. Todos, menos Pékerman que sí sabía que iba a pasar.

Sesenta minutos. Tiro de esquina. A cobrarlo va el jugador más pequeño de todo el mundial, uno cincuenta y seis de pura clase. En la cabeza del área, el Mina, uno de los más altos. Se miran. Todo el mundo se mueve. Pékerman se coge el mentón. Y ya.

El balón se eleva con el cobro maestro de Quintero. Y Mina salta un metro noventaicinco por encima de su metro noventaicinco. Y la peina. Y el arquero N’Diayé pone cara de pánico. Y el balón pega en el suelo y pasa por encima de su cara. Y da contra la parte alta de la red. ¡Y gol!

Y el caos y las lágrimas y los gritos. Y ruge Colombia. Y el rasta Cissé ese de Senegal que se desespera porque va a quedar eliminado por Mina. ¡Ruge Guachené! Mina, el que parece condenado a la banca en Barcelona, lo mismo que James en el Madrid, equipos que parecen dedicados a coleccionar a los mejores para no dejarlos jugar.

Fuera del gran esfuerzo que significó terminar ese partido eterno, lo demás ya no importa. La Selección fue otra, muy distinta a esa que se puso el frac para bailar a Polonia. Fue esa que hace sufrir pero gana. Que muestra lo que se necesita para ganar, las ganas y la calidad de Quintero, de Cuadrado aguantando madera y de los once leones que aprendieron a no arrugarse.

Yo no sé qué siga, pero quedó ya clara la lección que nos dieron. Un favor: ¡La próxima vez no nos hagan sufrir tanto!

Sigue en Twitter @LuguireG

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