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¿Por qué no cambiamos?

Septiembre 20, 2020 - 06:55 a. m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizábal

Las encuestas, las manifestaciones, las noticias, todo indica que casi todas las instituciones en Colombia necesitan un cambio cada vez más urgente. ¿Por qué no lo hacen?

Lo de la Policía y el caos que desencadenó la muerte de Javier Ordóñez es más que emblemático. Hace muchos años se ha venido hablando de una reforma para actualizarla a las necesidades de un país que pasó de ser rural a urbano en menos de diez años y a tener una revolución social causada por la migración y el desplazamiento.

Que recuerde, hace más de veinte años se habla de reformar la policía y poco pasa a excepción de ajustes pequeños cada que se produce un escándalo por abusos de autoridad, por corrupción o debido a la permanente lucha intestina. Y todo ha sido salvado por la presencia de personas como el general Serrano o el general Naranjo, quienes han mostrado la cara de un policía honesto que generan confianza y dan resultados contra el crimen.

Sin embargo, las luchas intestinas hacen estragos en la credibilidad y el respeto a esa función vital del Estado. Es ni más ni menos que la entidad más cercana al ciudadano que se desgasta por la falta de sensibilidad de la dirigencia nacional, la que esconden el problema en medio de una retórica y un manejo mediático que explotan con cada escándalo sin resolver las causas.

Igual, la Justicia, que debería resolver con rapidez los conflictos entre los ciudadanos o de estos con el Estado, desvanece su necesaria respetabilidad y credibilidad en medio de la impunidad, los conflictos por el poder y la corrupción. Pero no se puede cambiar nada sin el permiso de sus jefes, los magistrados de las cinco Altas Cortes que aquí existen.

Por ello, la excepción de la tutela es hoy la norma. Y la que debería ser la institución que le da seguridad y tranquilidad, se deshace en la politización, la morosidad y la distancia cada vez más profunda con las necesidades reales de la ciudadanía. Pero el cambio es imposible porque la dirigencia política y la presión de los magistrados lo hacen imposible.

Y qué decir de la política. Cada cuatro años, los ciudadanos eligen lo que piensan y después nada pasa porque los dueños del poder le dan la espalda al veredicto democrático. De nuevo, el poder de unos pocos hace que se mantenga un Status quo que aleja al ciudadano y las reformas sólo responden a la necesidad de unos cuantos para mantener sus privilegios o asegurar la continuidad en el poder de sus familias, de su clientela y de las corruptelas con las que se maneja la provincia colombiana.

El resultado es una macrocefalia, con un poder Ejecutivo cada vez más grande y menos sintonizado con la realidad. Y en un país enorme con un Estado enano, distante y centralista que no parece tener oídos que escuchen la necesidad de equilibrar el balance entre la cabeza y muchos de los 1122 municipios que se debaten en la pobreza, la corrupción y la ineficacia. Por ello, alcaldes como los de Bogotá, Medellín o Cali son cada vez más ruedas sueltas que sólo piensan en sus aspiraciones personales.

La lista incluye instituciones como las Fuerzas Armadas. La realidad es que tenemos un Estado lejano de la realidad que vivimos, cercado por la corrupción, los personalismos y la imposibilidad de cambio para que la ciudadanía crea en él y lo respalde. Por eso crece la informalidad, la delincuencia y el desgaste que produce explosiones de rabia cada vez más frecuentes.

Pero nada cambia. ¿Hasta cuándo?

Sigue en Twitter @LuguireG

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