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Paseos costosos

Julio 11, 2021 - 06:55 a. m. 2021-07-11 Por: Luis Guillermo Restrepo Satizábal

Los trajeron para que revisaran todo, oyeran a todo el mundo y emitieran un concepto sobre lo que sucedía con los Derechos Humanos de todos los colombianos. Pero ya se sabía que traían libreto, a quiénes iban a escuchar y a quiénes iban a ignorar, a quiénes condenarían y a quiénes ni siquiera se referirían.

Durante una semana fueron paseados en andas por una mínima parte de Colombia. Aquí en Cali estuvieron un rato. Por supuesto, oyeron al alcalde que implantó el desgobierno, al arzobispo que lo bendijo y lo acolitó, a la ‘primera línea’ que bloqueó la ciudad por cincuenta días y a las ONG que se especializan en deslegitimar la acción del Estado para proteger a todos los ciudadanos.

Pero, claro, cómo le iban a parar bolas a las madres de quienes murieron en las ambulancias por los bloqueos, a quienes fueron atracados golpeados y asesinados en esos infames retenes, como Carlos Andrés Rincón, el policía asesinado a cuchilladas y balazos y luego arrojado al río Cauca. O cómo iban a escuchar a quienes se quedaron sin transporte público porque los vándalos lo destruyeron o a quienes padecieron hambre porque los bloqueos impidieron entrar alimentos.

Mucho menos iban a hacer eco a los miles que perdieron sus empleos y sus ingresos porque bloquearon las carreteras y obligaron al cierre de empresas. Al parecer, esos no son derechos humanos para la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, pomposo nombre que identifica a quienes vinieron con el informe ya escrito sobre las violaciones que cometió el Estado y las recomendaciones para que desmonten los mecanismos de defensa de la sociedad contra el terror que pretende cambiar nuestra democracia por algo similar a lo que hay en Venezuela y Nicaragua.

Todo eso fue posible porque Colombia ha firmado cuanto tratado internacional le ponen al frente, sin detenerse a pensar que con ello está entregando su soberanía a las burocracias inútiles que durante años le han hecho un daño enorme. Y sin revisar la larga historia de acusaciones sin fondo y de fallos mentirosos que, como en los falsos muertos de Mapiripán aportados por el colectivo Alvear Restrepo, le costaron descrédito a nuestra nación y millones de pesos al tesoro público.

Por eso, la ONU instaló en Cali una lujosa sede en el barrio Santa Mónica por donde desfilan decenas de camionetas último modelo llenas de burócratas que lucen llamativos chalecos. Según parece, aquí estamos en una guerra peor que la de Haití y esos funcionarios, pagados con recursos públicos, son los notarios de la muerte causada por el Estado legítimo y testigos útiles de sus copartidarios.

Por algo será que Estados Unidos o China o Rusia no reconocen jurisdicción distinta de la de su Estado ni llaman a esas comisiones a pesar de que tienen problemas peores. Es que al firmar esos tratados Colombia acepta una subordinación a esos organismos, desconociendo su propia Constitución. En la práctica, lo que ocurre es que los burócratas internacionales vienen aquí a justificar sus cargos, a aplicar sus ideologías y a ejercer su capacidad de deslegitimar al Estado.

Entonces ocurre lo que nos está pasando: que tanto la OEA con la tal Comisión y su Corte Interamericana, como la ONU con su burocracia inútil, exigen subordinación a sus informes, fallos y recomendaciones sesgadas o mentirosas. Y quedamos como la peor de las dictaduras a causa de esos paseos costosos que les damos a quienes sólo escuchan a sus amigos.

¿Hasta cuándo?
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