¡Oniomanía!

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¡Oniomanía!

Junio 21, 2020 - 06:55 a. m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizábal

Y dizque estamos en emergencia, que la economía cayó el 20% en abril, que no tenemos para el mercado, que necesitamos créditos baratos para sobrevivir, que los bancos son unos miserables que no nos prestan para la congrua subsistencia. En fin.

El pasado viernes, los centros comerciales y almacenes colapsaron. Miles de personas de todas las condiciones sociales, raciales, de credo, de edades, hicieron colas kilométricas por horas, que rodeaban a Chipichape, a Unicentro, a Jardín Plaza, a Centenario, a Pacific Mall, al Éxito, a Alkosto. Llegaron en la noche, llevaron termos, tapabocas, la cédula y la tarjeta.

En esas colas se acabó el “aislamiento social” y se olvidó de que el vecino podía ser portador del virus. Las risas, el “cuídeme el puesto que voy al baño” reemplazaron la cautela, el gel, las miradas asesinas a quien no tuviera el tapaboca. Fue la rumba sin alcohol que esperaba la apertura, que dejaran entrar, que no aplicaran el tal pico y cédula.

Esos millones de colombianos no necesitaban comprar comida para calmar el hambre. En esas aglomeraciones no importaron la crisis social, los que necesitan ayuda para sobrevivir, las medidas para defender la salud, los mercados para alimentar necesitados. Ellos necesitaban comprar sin IVA.

Pero, ¿qué compraban? ¿Artículos de primera necesidad? No. Televisores 4K, celulares de la gama más alta, ropa de marca, perfumes de marca, camisas de marca, interiores de marca, equipos de sonido. Todos los que quepan en una tarjeta de crédito que los bancos regalan. Y los banqueros no fueron los chupasangre ni se les pidió plata para educar a los hijos, o para comprar mercado o para salvar la empresa: fueron ángeles que calmaron la sed de comprar.

Y los almacenes, los comerciantes al borde de la muerte, se transformaron en iglesias para saciar el alma y en oficiantes que aplicaban el remedio, así fuera en medio de la pelotera. No importó que, en muchos casos, los descuentos se acabaran el día anterior y volvieran al día siguiente. No cabían las protestas, nadie reclamaba la presencia del Presidente de la República o del Alcalde para poner orden. No fue necesario.

En internet, la congestión empezó a las doce de la noche del jueves. Por increíble que parezca, allí también había que hacer cola. Y lo mismo: no me ofrezcan comida ni remedios y fuera el coronavirus: necesitamos cosas con IVA para no pagar el IVA.

Necesitamos mostrar que no pagamos impuestos así el Estado necesite hasta el último peso para ayudar a los necesitados. Necesitamos calmar esta necesidad de comprar cosas, de usar las tarjetas de crédito y los cupos que nos dieron para después pagar el módico 36% anual, de endeudarnos para que cuando alguien llegue a la casa y vea el tv de 60 pulgadas y pregunte con envidia, le podamos contestar con orgullo: ¡Lo compré sin IVA!

Al finalizar el viernes brotaron fiestas para celebrar las compras, para mostrar lo que se compró. Y ayer volvimos al toque de queda que nos ganamos por irresponsables, a quejarnos de la pobreza, a pedir ayudas y subsidios oficiales, todo lo cual compartiremos por los televisores que compramos y mediante las redes sociales que usamos en los iPhone que compramos gracias al crédito que nos dieron esos banqueros malvados.

“Oniomanía: trastorno cuyo síntoma es un deseo desenfrenado por comprar sin una necesidad real, frecuente en personas que padecen trastornos del estado de ánimo”. Wilkipedia.

Sigue en Twitter @LuguireG

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