Nuestra herencia

Nuestra herencia

Diciembre 30, 2018 - 06:55 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizábal

Era el diciembre de 1991. En un espacio del parque Panamericano se instaló un equipo de sonido al lado de un árbol y debajo de una carpa pequeña. Allí nació lo que hoy es el evento más representativo de la cultura popular de la Cali urbana.

Gary Domínguez había convencido a María Eugenia Montoya, la primera directora de Corfecali, de realizar en la Feria el encuentro de salsotecas y coleccionistas. Alrededor de esa carpa se reunieron quienes en los barrios acumulaban los elepé de salsa y de música del Caribe que los hacían sonar los fines de semana, creando un culto misterioso que hace honor a un género que si bien no había nacido aquí se tomó el espíritu del caleño.

A su lado estaban los coleccionistas con sus acetatos, patrimonios que cargan en maletas especiales mientras disertan sobre los cantantes, las orquestas, las letras de las canciones, sobre los autores, las versiones, la carátula, el concierto, la vida de quienes hacían esa música nacida en el Caribe y que por cualquier razón inundó este Valle a través del puerto de Buenaventura y después de la radio y después del avión y ahora por el internet.

Salsotecas y coleccionistas fue descubrir el mundo urbano que construimos en el siglo pasado. Eso lo sabían Gary y quienes lo acompañaron y lo entendió María Eugenia, promotora de lo que se fue transformando en el espacio para que los melómanos se convirtieran en estrellas que presentan sus discos y luego bajan de la tarima a reunirse con el resto de los mortales.

En los siguientes dos años, el encuentro se tomó el Paseo Bolívar y Gary se encargó de llevar a figuras de la salsa que realizaban toques improvisados y gratis, mientras personajes como el taxista de Nueva York, o Isidoro Korkidi, o Humberto Corredor, o Toño Salcedo, o como ‘Jeringa’ el DJ de La Barola, o como el de la salsoteca la Ponceña, se tomaban la atención de un público admirador de la memoria musical.

En 1993, el último viernes de cada mes, nos tomábamos el parque de la música en la Avenida Sexta. Allí llegaban miles de personas a disfrutar lo que esos melómanos exóticos les ofrecían. Tan grande era el interés que el asunto empezaba a las cuatro de la tarde y a las diez de la noche debíamos cortar la luz para que la gente se fuera a sus casas. Sin un solo incidente, todo era sabiduría, convivencia y respeto.

Después, Gary se convirtió en el DJ errante que montó la misma locura en Nueva York o en Puerto Rico y la ilusión se la entregaron a alguien en concesión. Y después llegó un alcalde que utilizó a la salsa para hacer política mientras uno de sus hermanos se enriquecía con el Encuentro, época triste que fue superada con el regreso de Gary Domínguez, su bondad, su conocimiento y su amor por la música.

El espacio resurgió, nacieron las asociaciones de coleccionistas y Corfecali lo llama hoy el Encuentro de Melómanos y Coleccionistas, con el apoyo comprometido de Luz Adriana Latorre, a quien Cali le debe el haber rescatado su Feria. A diario reúne más de veinte mil personas en un escenario deslumbrante y abierto. Es la oportunidad de ver al barrio, de abrazar a viejos sabios, de ver a los bailadores y bailadoras, de revivir viejas glorias.

Es la oportunidad de ser caleños, de ser orgullosos por lo que somos, de convivir en paz alrededor de la música. Es la herencia que en 1991 descubrieron Gary Domínguez, María Eugenia Montoya y todos los quijotes que los acompañaron en una idea que es ya una hermosa realidad.

Sigue en Twitter @LuguireG

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