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Los atrevidos

Enero 03, 2021 - 06:55 a. m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizábal

Por obra y gracia de la persistencia y la audacia, la salsa en Cali está viva.
No sé cómo lo hacen, pero los músicos caleños, todos ellos, se las arreglan para seguir produciendo e innovando en un género que cada vez tiene menos cultores en el mundo a pesar de ser la expresión más aproximada de la cultura popular de América Latina.

Música y letra es la simbiosis con la cual se le rinde culto a nuestras herencias provenientes de una fusión de razas que hunde sus raíces en lo profundo de la historia. No somos negros ni blancos, ni indígenas ni asiáticos: somos todo ello y mucho más, somos el resumen de una saga que empezó mucho antes de que fuéramos América, mucho antes de que las naos trajeran a estas tierras la esclavitud, las enfermedades de Europa y la ambición.

Con esa fusión de música y letra empezamos a construir una identidad. Y para abreviar la historia, nació lo que en los años sesenta explotó como la Salsa. Es la suma de las historias y palabras de los indígenas, de los guajiros, de los campesinos, de los montunos que salieron a las ciudades y contaron su tradición, fusionándola con la música que trajeron de occidente, con los tambores del África, con la poesía, la bendita poesía que se escribe para dar testimonio de vida y liberar el alma de sus cargas más recónditas.

Pero todo eso ha necesitado de personas que se atrevan a plasmarlas para siempre, para impedir que mueran. Para decir que están vivas esas tradiciones, esas maneras de contar historias, de comunicar un mundo que sólo se puede contar con la letra y la música. Esa herencia que ha superado los intentos por encasillar la mente en los romances baratos de una estrofa y el mismo coro inútil y fastidioso con el cual se liquida el buen gusto.

Son personas como Jairo Varela que se negó a hacer la historia que termina en el catre o aquella que culmina en tragedia y despecho, para llegar a la sensualidad que se vive en Quibdó con la cadencia del Atrato.
O como la de su hija Yanila, que sin componer una sola canción ha mantenido el grupo Niche, lo ha multiplicado y lo ha convertido en el sobreviviente exuberante de un al parecer naufragio inevitable, el que viven las orquestas de Salsa en todo el mundo ante la avalancha de la música urbana, la expresión del latinoamericano joven azotado por la calle y agobiado por la nueva vida.

Pero ella ha luchado y ha triunfado al lado de un genio que creció en Cali, que hizo gran parte de su aprendizaje al lado de Jairo. José Aguirre, venido de las montañas de Caldas, le dio nueva vida y nuevo brillo a lo que dejó su maestro, rescatando los principios, resaltando la importancia de un buen arreglo, de las mejores letras y melodías de Varela para ser exponente de esa sensualidad fascinante y seductora del Pacífico.

Hoy, esa simbiosis se transformó en un disco, inolvidable y atrevido.
Niche 40 tocando y haciendo canciones que no son de Jairo pero le hacen homenaje a su poesía, a su música, a su espíritu. Historias de José que desafían, que invitan, que hacen pensar, que recuerdan al genio y muestran una identidad.

Las voces, los trombones, la música, los arreglos, las armonías, las melodías; el embrujo de la marimba de Hugo Candelario, el violín de Alfredo de La Fe. Niche, Yanila, José y sus fantasías atrevidas y reales. Y en el fondo, Varela, con seguridad satisfecho. Y Búscame, poesía total:

“Cuando ya no esté en tu realidad, cuando me haya ido y no me veas nunca más, búscame…”.

Sigue en Twitter @LuguireG

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