La reforma imposible

La reforma imposible

Octubre 07, 2018 - 06:55 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizábal

Tres meses después de iniciada la legislatura, Colombia parece estar al borde de comenzar la época más revolucionaria de su historia. Es el momento de las reformas propuestas por todo el mundo que son manejadas en el Congreso por los mismos de siempre.

La primera revolución está en las relaciones del Gobierno con las fuerzas y partidos que conforman el legislativo. Parece que ya no hay mermelada y los viudos del poder que antes se odiaban ahora son aliados y se tomaron la Comisión Primera del Senado, creando un retén. ¿Qué de revolucionario tienen personajes como Roys Barreras, como Temístocles Ortega o Armando Benedetti, para citar sólo algunos de quienes ahora manipulan cosas como la reforma política?

Pues más bien poco. Pero vuelven a proponer lo mismo para producir ruido mientras, por debajo, tratan de meter los goles que necesitan para consolidar su poder clientelista que les permite ofrecer puestos y negociar hegemonías que producen réditos.

Proponer el voto a los 17 años ya fue discutido y rechazado por absurdo y ahora parecer ser la solución para presionarlos a estudiantes y padres de familia con los cupos escolares, tratando de amarrar su voto. Exigir por ley que la cuota femenina llegue al 50% es populismo que aprovecha las tendencias de género. Y sacudir de nuevo el trapo de la paz es ya un insulto a la inteligencia.

De otra parte, unir las elecciones de alcaldes, gobernadores, asambleas y concejos con las del Congreso y de la Presidencia, y ampliar el periodo de esos funcionarios para ajustarlos a la iniciativa de sus promotores ha sido rechazada en otras ocasiones por ser un atentado contra la descentralizacitón. Es una maniobra descarada que pretende aumentar el control desde el centro a la cada vez más libre y más costosa maquinaria electoral en las regiones, quitándoles a sus habitantes la facultad para decidir la suerte de sus administraciones públicas.

Nada de eso beneficia a la democracia ni hace justicia ni responde al descontento, pero sí beneficia a los autores de la maniobra. Es el regreso de la dictadura del bolígrafo que impide la transparencia exigida por quienes votaron en las elecciones presidenciales. Con ello, personajes conocidos por sus ejecutorias se erigen como intérpretes del cambio, aprovechando que muchos de los integrantes del partido de gobierno no parecen entender que ya no son la oposición.

Y por debajo se mueve el intento por asegurar el transfuguismo que les permitirá a los miembros de la U zafarse de sus obligaciones y acomodarse donde los reciban, algo en lo que el senador Barreras es símbolo. O de poner contra la pared al Gobierno para que les devuelva las tajadas de poder que recibieron en los últimos veinte años, como requisito para tramitar sus propuestas.

Todo cambia pero nada cambia. Y para ello muestran el supuesto crecimiento de la izquierda con los ocho millones de votos que sacó Petro para decir que el país va hacia el mamertismo y asustar a los votantes, lo que es falso. Pues no es así.

Resulta que la gente votó por eso no por ser de la izquierda si no como protesta contra el clientelismo de los Roys, los Temístocles, los Benedettis y tantos Ñoños que tienen a la política de espaldas a los ciudadanos. Por eso, la reforma de hoy es el regreso al pasado, a la oscuridad en la cual esos personajes brillan por su retórica mientras se benefician de su poder secuestrado.

Por eso es una reforma imposible.

Sigue en Twitter @LuguireG

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