La próxima víctima

La próxima víctima

Abril 21, 2019 - 06:55 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizábal

Al enterrar a Alan García, Odebrecht puede sumar otro nombre, otro muerto más a la lista de víctimas en su prolongado y al parecer interminable recorrido esparciendo corrupción. Sin embargo, aquí todo sigue igual.

Alan fue uno de los más polémicos políticos del Perú y del continente. Heredero del Apra, partido populista fundado por Víctor Raúl Haya de la Torre, fue presidente dos veces: la primera para imponer un régimen que produjo la más espantosa y ruinosa crisis del Perú. La segunda, para convertirse en burgués ejemplar al que en Cali y en muchas partes le pagaban jugosos estipendios por conferencias sobre el capitalismo y la libertad de empresa, “ de veras iluminantes”.

Y tenía sus secretos, como casi toda la clase política de Brasil, Colombia, Panamá, Ecuador y, como no, Perú. Odebrecht se llama ese oscuro pasaje que destruye la credibilidad de los Estados, de la política, de las campañas, de los contratistas. Odebrecht, el que tiene a tres presidentes del Perú en la cárcel por sus maniobras, y ya cobró la vida de uno quien no resistía otro carcelazo.

Sí, es el mismo Odebrecht que llevó a la muerte a Jorge Pizano, interventor de la alianza de su jefe el Grupo Aval con la tenebrosa mensajera de la corrupción rampante. Es la que pide que la dejen contratar de nuevo en Colombia, a pesar de la estela nauseabunda que dejó con su dinero sucio en las campañas presidenciales, en el mismo Estado, en sus relaciones con sus poderosos socios.

En todo lo que toca, Odebrecht deja secuelas como poner en fuga a Rafael Correa, el hasta hace poco súper poderoso y arrogante presidente de Ecuador y cabeza del socialismo siglo XXI. A Lula Da Silva, el intocable del Brasil que hoy paga condena por corrupción. A Hugo Chávez y a su sucesor Nicolás Maduro y su régimen, tanto o más bandidos que la propia Odebrecht.

La lista es interminable. Pero en Colombia nadie conoció a Odebrecht, nadie tuvo que ver con ellos, nadie supo de sus torcidos, y sus directivos se pasean orondos por los juzgados, acusando a quienes compraron para poder cometer sus fechorías con los recursos públicos, o reclamando inmunidades para contarle a la Justicia colombiana la verdad de ellos sobre la corrupción que esparcieron con pasmosa impunidad. Como dice Pedro Navajas, “no hubo preguntas, nadie lloró”.

En el Perú, lo que han hecho Odebrecht y casi todos los dirigentes políticos es devastador para la democracia. De una u otra manera hay involucrados presidentes de la República, ministros, empresarios, líderes de la oposición y del establecimiento. Como me decía un amigo interesado en los asuntos públicos, todos tienen un precio. Odebrecht lo descubrió y lo pagó.

Uno no puede ser insensible a lo que era Alan García como ser humano y como político. Su verbo prodigioso, su cultura y su don de gentes lo hicieron merecedor del reconocimiento, a pesar de su primera presidencia. Y cuando quiso volver, se inventó una canción, “Yo me llamo Perú”, con la cual casi lo logra.

Luego ganó con un discurso muy distinto al del Apra que heredó. Y cayó en las garras del monstruo brasileño, hasta que lo descubrieron y se quitó la vida.

¿Quién seguirá en esa cadena de muerte producto de las inmoralidades de Odebrecht y de complicidades o sociedades con sus fechorías que aquí en Colombia no hemos querido destapar para devolverle algo de credibilidad a nuestras instituciones?

Sigue en Twitter @LuguireG

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