La condición humana

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La condición humana

Marzo 22, 2020 - 06:55 a. m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizábal

Se llegó el momento de enfrentar la realidad de la peste. De comprender el papel que le corresponde a uno y ayudar a los demás a enfrentar lo que nadie conoce.

Quienes podemos publicar nuestras inquietudes estamos atrapados por esa mezcla de ignorancia, de escepticismo, de miedo y de inquietud sobre lo que ocurre. Las noticias nos entregan muertos por minuto y la repetición incesante los convierte en miles porque un caso lo repiten hasta el cansancio.

Y los almacenes se llenan de gente comprando compulsivamente: “Deme diez dolex, no, veinte, mejor treinta, o cuántas trae la caja. Deme cincuenta pastillas de vitamina C. Ah, y Dolex gripa deme veinte. También me da diez frascos de Noraver garganta de todos los sabores, usted sabe, para combatir la monotonía. Es que mi mamá tiene 85 años y hay que tenerla protegida”, decía un señor el pasado miércoles en una droguería Cruz Verde, aún a sabiendas de que lo que estaba adquiriendo no sirve para atender el virus aquel.

“Tenga cuidado”, le decía la niña que lo atendía, quien veía la cara de impaciencia de quienes estábamos haciendo cola para comprar los remedios que necesitábamos. “Lo que usted está llevando no le sirve en caso de que alguien se contagie”, agregaba. “Si se presenta algo, en especial a su mamá, debe llamar de inmediato a los médicos antes de recetarle cualquier cosa”.

“No me importa, es mi plata y yo puedo comprar lo que quiera” dijo el señor. Con seguridad, ya había adquirido todos los rollos de papel higiénico posibles aunque la peste da cualquier cosa menos diarrea, ya tenía miles de tapabocas, cientos de botellas de alcohol y había acumulado diez mercados, uno cada día en previsión sobre el encierro que decretaron por veinte días como la medida necesaria para cortar de raíz la expansión del mortal enemigo.

Entonces pensé si tenemos conciencia sobre qué enemigo estamos hablando. Y me dí cuenta del daño que están causando el veneno expandido por las redes sociales, el de los que como el señor de la historia creen que todo se arregla con plata, el de los que aceptan como ciertos los mensajes de los desocupados empeñados en hacerse célebres contando más y más muertos, más y más tragedias, más y peores horrores, en vez de recurrir a fuentes seguras y confiables.

Y cómo algunos piensan que lo que se viene es una gripa que se combate con los remedios de siempre, en lugar de usar el internet para enterarse de qué se trata el problema, cuáles son lo riesgos y cómo se evitan. Así, llegué a la conclusión de que el peor enemigo es la ignorancia de quienes no quieren oír ni atender.

Como pasó en Italia o en España, o en la cabeza del presidente de los Estados Unidos, la arrogancia que impide ver la verdad se ha convertido en la gran amenaza. Es descubrir que los billetes no los protegen de la enfermedad ni de la estupidez. Por ello protestan contra las medidas de confinamiento para romper la cadena de contagio que se produce con cada saludo, con cada beso, en las colas para el bus, en las rumbas.

Es claro que el reproductor del virus que hoy aterra a los seres humanos son los seres humanos mismos. Y no sólo por su capacidad de transmitirlo, sino por la mezcla de terquedad y arrogancia que impide a muchos consultar a quienes sí saben y respetan las decisiones para proteger a todos.

Pero así somos. Es la condición humana que impide reconocer los errores hasta que ya es tarde.

Sigue en Twitter @LuguireG

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