La agonía

La agonía

Abril 29, 2018 - 06:55 a.m. Por: Luis Guillermo Restrepo Satizábal

Colombia está en uno de los momentos más cruciales de toda su historia, necesita recuperar el orden, el concepto de autoridad y la decencia. Pero el Partido Conservador, defensor natural de esos principios, no está allí.

Lo que hay es un remedo y una bandera secuestrada por un puñado de personajes que refinaron el arte de manipularla para entregarla al mejor postor. De ese partido vibrante, valiente y con un contenido ético, ya queda muy poco. A través de los últimos años la negociaron los especialistas en vender los principios a cambio de lentejas podridas y de mostrarse como jefes cuando son apenas segundones que a duras penas convocan a quienes reciben sus favores.

Ya no hay nada de ese decálogo que Caro y Ospina publicaron en La Civilización en 1849. Ese partido que condujo a Colombia durante la mitad o más de su vida republicana, que produjo transformaciones sociales vitales, que fue símbolo de liderazgo, de valor y de audacia para enfrentar el atropello a la democracia, hoy es un enfermo terminal con el cual hacen fiestas los jefecillos que ni siquiera pueden mantener su unidad.

Por eso los congresistas elegidos en su nombre solo piensan en su reelección, y no en renovar el partido representante de las ideas conservadoras, no los extremismos. Se olvidaron de ese conservatismo que defiende la justicia social y las libertades por encima de las componendas. Por ellos, ahora es símbolo de la derecha recalcitrante, olvidándose de los fundamentos que hacen pensar primero en el hombre y después en los intereses personales.

Da tristeza ver a esos personajillos ofreciéndose al mejor postor o llegando de últimos a las campañas de quienes se quedan con las banderas a cambio de muy poco. Y cómo naufragan en un mar de clientelismo barato, apoderados de su dirección y esperando las pocas y cada vez más escasas migajas que les dejan quienes tienen el poder.

Pero los conservadores son mucho más que ese cadáver ambulante. Son muchísimo más que ese vacío de valores, de principios y de firmeza que muestran los Cepeda, o los Andrade o quienes se hacen elegir comprando votos, o quienes esperan los contratos y la mermelada para decidir sus votos y sus respaldos al gobierno de turno. Que siempre lo entregan aunque sea cada vez más famélico y menos importante.

Esta columna la escribo como un conservador adolorido por lo que han hecho con la historia construida durante ciento cincuenta y cinco años y destruida sin misericordia en menos de diez. Y como un colombiano que lamenta la pérdida de un partido “guardián de la heredad”, en las palabras de Gilberto Alzate Avendaño.

Ya no queda duda de que Colombia se quedó sin partido conservador, así existan unos jirones que se los rapan unos a otros los jefecillos de turno, y se los pasan entre su parentela sin rubor alguno. Pero, como lo afirmó Álvaro Gómez Hurtado, creo que hay mucho más conservatismo, que se hace sentir con la esperanza en que hay principios y valores que aún pueden ayudar a construir una Nación mejor, sin bandidos y con ética.

Debe haber alguien que tome esas banderas y las vuelva a izar como norte para una Nación agobiada por la falta de decencia en el manejo de sus asuntos públicos y la falta de autoridad que nos asfixia. Debe haber forma de derrotar la corruptela que mató a los partidos tradicionales, incluido el Conservador de Miguel Antonio Caro y Mariano Ospina Rodríguez.

Sigue en Twitter @LuguireG

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